miércoles, 13 de mayo de 2026

ROBERTO MANZANO DÍAZ

 


 

Ahora tengo unas ganas enormes de aullar…

  

Ahora tengo unas ganas enormes de aullar, oh Munch, de dar un largo lamento sonoro como una estentórea muralla china;

oh Munch, en el puente que junta los dos cadalsos me sostendría en la baranda gris para desbridar un gran aullido;

espejo del arte, que guardas el instante raro como una duplicación absoluta, qué bien cromas lo incoloro;

vertería un ronquido extenso, desenfadado de fauces, de modo que exhalara de un solo soplo todo el ácido del dolor;

porque ahora exhumo un gran dolor que no es élego ni hímnico, ni flemático ni atlético, ni femenil ni varonil;

es un dolor, Vallejo, sin sabor ni expediente, hincado como una mala vértebra en la sucesión congojosa del vivir;

Munch, para un resonar así con los bronquios del alma hay que poner la baranda, el peso del alma sobre la baranda;

luego que marbeteen, que ausculten, que desahucien como es usual cuando se ha cumplido la honradez del dolor;

ahora daría un aullido de cíclope, de farallón rocoso, de cristal lanzado, de retina pisada, de viento en el desierto;

y no es conmiseración ni perdón ni contribución ni ataque alguno lo que ahora pido, en vísperas de un gran aullido;

sólo deseo deshabitarme el dolor, como un estertor que de pronto sale y se divide en dos rostros que se miran de frente;

luego queda el cráter abierto y regresa el aire del silencio dentro de una inspiración tan larga como un tren;

y va entrando, en anillos de tristeza y consuelo, un color de brasa nocturna como una pequeña fiesta íntima;

y disolviéndose el contorno inmediato, ven los ojos aún rojos del resuello las nítidas palmeras de lo distante;

y los grandes alciones cruzan mientras se levanta convaleciendo el sol sobre las pulidas aguas del océano.

 

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