Ahora
tengo unas ganas enormes de aullar…
Ahora
tengo unas ganas enormes de aullar, oh Munch, de dar un largo lamento sonoro
como una estentórea muralla china;
oh
Munch, en el puente que junta los dos cadalsos me sostendría en la baranda gris
para desbridar un gran aullido;
espejo
del arte, que guardas el instante raro como una duplicación absoluta, qué bien
cromas lo incoloro;
vertería
un ronquido extenso, desenfadado de fauces, de modo que exhalara de un solo
soplo todo el ácido del dolor;
porque
ahora exhumo un gran dolor que no es élego ni hímnico, ni flemático ni
atlético, ni femenil ni varonil;
es
un dolor, Vallejo, sin sabor ni expediente, hincado como una mala vértebra en
la sucesión congojosa del vivir;
Munch,
para un resonar así con los bronquios del alma hay que poner la baranda, el
peso del alma sobre la baranda;
luego
que marbeteen, que ausculten, que desahucien como es usual cuando se ha
cumplido la honradez del dolor;
ahora
daría un aullido de cíclope, de farallón rocoso, de cristal lanzado, de retina
pisada, de viento en el desierto;
y no
es conmiseración ni perdón ni contribución ni ataque alguno lo que ahora pido,
en vísperas de un gran aullido;
sólo
deseo deshabitarme el dolor, como un estertor que de pronto sale y se divide en
dos rostros que se miran de frente;
luego
queda el cráter abierto y regresa el aire del silencio dentro de una
inspiración tan larga como un tren;
y va
entrando, en anillos de tristeza y consuelo, un color de brasa nocturna como
una pequeña fiesta íntima;
y
disolviéndose el contorno inmediato, ven los ojos aún rojos del resuello las
nítidas palmeras de lo distante;
y
los grandes alciones cruzan mientras se levanta convaleciendo el sol sobre las
pulidas aguas del océano.
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