sábado, 23 de mayo de 2026

ANNE STEVENSON

 

 

 

Olvidado por el pie

  

Equisetum, cola de caballo, hierba de ferrocarril
depositada en el inconsciente de las colinas;
trescientos millones de años aún enterrados

en este crecimiento superviviente, suave como cabello, que mata
todo en el glorioso jardín excepto a sí mismo,
que prospera en la escasez y destila

diamantes negros, la veta carbonífera —
esa era la vida antes de nuestros animales,
con trilobites y celacantos,

un estrato de tiempo comprimido que dice
la verdad sin lenguaje y es el almacén corporal
del fuego, del calor, de la noche sin pausas—

que sólo se convierte en vida humana cuando un aire extraño
hincha los pulmones plegados, los inertes corpúsculos.
En la oscuridad muda, la luz vuelve a arrastrarse.

Así las colinas deben ser saqueadas y perforadas.
La historia que esconden debe arrancarse a golpes,
urgente como el dinero, dejando al descubierto las vetas negras enterradas.

Filas de casas raquíticas bajo el humo,
casas tiznadas apretadas contra la mina
por la niebla, por el humo, por una capucha de cobra de coque humeante

balanceada desde el nido de hornos apiñados enfrente.
Familias, siete o diez en cada hogar,
creciendo allí, respirándolo, convirtiéndose en ello.

En las mañanas de invierno, hombres de gorras grises en el frío,
golpeteo de botas sobre el asfalto, seco y vacío,
primer turno bajo la escarcha espesa, simple como el oro

sobre los tejados sulfurosos, sobre la elevada pasarela,
cruzando hacia la sala de máquinas y el torno—
casco, pico, lámpara, botella metálica de té.

Una Nan o una Nora esclava de cada negra rejilla.
Lavado los lunes, el agua ensuciándose en el pozo.
Planchar y limpiar los martes; extender y hornear

cada miércoles (ese dulce olor bituminoso
que ningún niño criado aquí olvida).
Los jueves, el sindicato y el círculo metodista;

día de pescado el viernes (fryday), fila de niños
delgados, peleándose junto a la freiduría. Viejas disputas
reapareciendo tras el día de paga: bebida dura y cabezas rotas.

Ruedas dentro de ruedas, una Inglaterra de Ezequieles obreros.
Entre montañas de escoria, lagunas de coque y residuos negros y viscosos,
fraguas rugiendo y enrojeciendo, hierros ardientes brillando como joyas.

Ya no más, ya no más. Han barrido las minas
como si nunca hubieran debido formar parte de la memoria.
Una forma de vida extinguida. Existencias duras

que no volverán, sombríos relatos olvidados apenas contados,
subiendo desde los tejados en humo de un siglo perdido—
un velo de aliento con el que sobrevivir al frío.

Cuando la mina cierra, las costumbres prolongan la historia,
costumbres y voces, hasta que los viejos modos de las abuelas desaparecen,
y las terrazas se pliegan sobre sí mismas, tan negras, tan feas

y tan poco amadas que todos, salvo los salvados
(el éxito los libró, el ángel de la muerte por dinero), se marchan.
La ciudad queda habitada por inocentes extraños y arrastrados.

Niños y animales, gente demasiado pobre para vivir
en cualquier otro sitio, vagan aturdidos por este suburbio del Edén.
La iglesia no tiene santos ni estatuas.

El monumento es un pico, un martillo, una pala, ofrecidos
por los hombres de Harvey Seam y Victoria Seam. Que
sus buenos huesos despierten en las vetas vivas del Cielo.

Él abre un pozo lejos de donde los hombres habitan.
Son olvidados por el pie que pasa de largo.

 

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