Caza
de piojos
Desnudos
— duros y brillantes,
gritando en lúgubre alegría. Rostros sonrientes
y miembros furiosos
giran sobre el suelo en un solo fuego.
Por
una camisa infestada
aquel soldado la arrancó de su cuello, entre juramentos
ante los que la divinidad se encogería — pero no los piojos.
Y pronto la camisa ardía
sobre la vela que había encendido.
Entonces
todos saltamos y nos desnudamos
para cazar la prole infestada.
Pronto, como una pantomima de demonios,
el lugar rugía.
Mirad
las siluetas abiertas,
las sombras balbucientes
mezcladas con los brazos en combate en la pared.
Mirad los dedos gigantescos, ganchudos,
arrancar en la carne suprema
para aplastar lo ínfimo.
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