lunes, 25 de mayo de 2026

ANNE STEVENSON

 

 

 

El enigma

  

Anoche, al caer dormida en una profunda grieta
entre un sueño áspero y otro, me pareció,
todavía despierta, estar varada en un sendero pedregoso,
y allí el familiar enigma se presentó
con forma de pequeño cordero tembloroso.
Yacía como una perla en el hueco entre
una losa galesa y otra, y estaba llorando.

Miré alrededor, como cualquiera haría, buscando a su madre.
No había nada. ¿Qué sabía yo de corderos?
¿Debía cogerlo? Llevarlo… ¿adónde?
¿Qué haría si estuviera muriéndose? La mano
de mi conciencia luchaba con la garra de mi miedo.
No era tan fácil imitar al Buen Pastor
de aquella desvaída imagen enmarcada de la escuela dominical
filtrándose ahora por el daguerrotipo del sueño.

Con el viento caído y la luna hinchada hasta la plenitud,
pequeños dobles blancos de la criatura a mis pies
ardían como velas en los pliegues de la noche
hasta que pareció viva de corderos recién nacidos.
¿De dónde podían haber salido todos?
Miré otra vez, y los corderos baladores eran pájaros—
gaviotas tridáctilas anidando, agrupadas en un acantilado,
clavando en mí sus oscuros ojos acusadores.

Había una especie de mandato de no tocarlos,
y sin embargo pertenecerles, fueran lo que fueran—
ahora corderos, ahora pájaros, ahora puntos flotantes de luz—
luciérnagas señalando cuántos veranos perdidos de Nueva Inglaterra.
Una forma, luego otra; una configuración, luego otra.
Como fósiles encerrados en los pliegues profundos de mi cerebro,
sobreviviendo a un tiempo al contar su historia. Como estrellas.

 

 

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