Orfeo
Cuando
Orfeo, con dedos veloces como el viento,
Ondula las cuerdas que brillan como lluvia,
Las aves giratorias alzan el vuelo y cantan,
Aquí y allá resonando;
Crujen
las ramas secas,
Se arrastran hojas por el suelo,
Rostros cervunos y ojos mudos
Asoman tras pantallas temblorosas
Que ocultan dientes y garras feroces
Ahora en calma.
Mientras
la música suspira por la ladera,
Los pequeños escuchan,
Llegan saltando, trotando, rodando,
Con sus suaves orejas agitándose al correr,
Sus vellones enredándose en los matorrales,
Hasta tenderse, escuchando, a sus pies.
Invisibles
durante siglos,
Criaturas fabulosas salen de sus cuevas,
El unicornio
Desciende danzante de su lecho de hojas,
Su hocico blanco aún teñido de verde
Por las hierbas de montaña que mascaba.
El
grifo, usualmente feroz,
Ahora dócil y amable,
Ha cubierto los huesos blancos de su caverna
Con un susurro de hojas húmedas y muertas;
Mientras
la salamandra, amante fiel del arte,
Titila y surge de la llama;
Suavemente ahora, y se aleja,
Enciende su orgulloso rastro ardiente
A través del bosque,
Se tiende a escuchar,
Y enfría su fiebre en las aguas del laúd.
…
Pero
cuando la ama de casa regrese,
Con su cesta,
No comprenderá.
No echará nada en falta,
No oirá nada.
Solo verá
Que el fuego está apagado,
El hogar frío.
…
Pero
el niño en el piso de arriba,
Solo, en la casa vacía,
Oyó un extraño viento, como música,
En el bosque,
Vio algo salir del fuego.
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