Berlín
Bicicletas
por avenidas rectas
que parecían obedecer un metrónomo
escondido en el centro del mundo.
Caminar. Pastelerías. Mi amigo
de entonces, qué fue de él.
Estará en esas jaulas que fabrica
el tiempo. Era verano
aunque para el cielo no.
Luego está esa chica de pelo corto
que nos acompañó una noche
y juraría que me cogió de las manos
al llegar al hotel. La cerveza
brilla más ahora,
lejana como una ciudad árabe
salida del túnel de un sueño.
Digo Berlín y no siento nada.
Estaré muerto.
Enterrado por el camino.
Nadie es tan paciente para relatarse
como el que olvidó casi todo.
Las nubes eran polvo de mármol,
un chicle dejado al sol mil años,
un poema de Cavafis leído
en un atasco por alguien
que nunca nos conoció.
De:
“La luz no es de nadie”
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