El Ramal
C. 14
Cada
otoño en los últimos tres años,
cuando el frío solía estarse manso,
el viento desalojaba la cordillera,
las tapialeras de soledad que dan a Chile.
Las noches incubaban
grados al rojo blanco bajo cero
(hasta veinticinco grados empollaron)
y la nevada fue la mala fiebre ondulante
una tormenta sostenida por mariposas blancas
igual a un persistente aerosol de luna
encalando la soledad y el silencio de la tierra,
esta porción de su hueserío,
volviendo azul negra
azabache la noche y su almacén de lejanías.
Allí
en manos de Dios y del olvido
descubiertos por el viento blanco
y la mariposita niña del agua nieve,
los obreros ferroviarios del Ramal C. 14
se iban haciendo paisaje,
palitos color de luna, ramitos color de alma.
Hoy
no sabemos si los malogró la nieve
o los sigue helando la vida.
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