“Mas
primero es lo primero”,
decía Pauline Musters desde los bordes de la infancia.
“Primero es el trabajo y luego el reposar”, insistía,
y parábase a ensayar una vez más;
una y otra y otra vez más.
Yo
tuve mi propio carillón;
lo tocaba mientras The Princess Pauline bailaba sobre un pie.
No hace mucho tiempo atrás viví bajo los puentes de Nueva York
y hoy soy feliz cuando recuerdo ver bailar a The Princess Pauline,
tal como esos abetos movidos por el viento.
“Mas
primero es lo primero”, decía,
y parábase a ensayar su baile sin hacer la digestión del Bitterballen.
Lo
sé, lo sé.
Nuestra
ambición era muy grande y Nueva York entonces era demasiado pequeña.
Lo
sé, lo sé.
Yo
toqué para The Princess Pauline esa noche de 1895,
esa terrible noche cuando The Princess Pauline creyó ver el rostro de Dios bajo
un puente,
pero resultó ser un afiche publicitario de su propio espectáculo.
“Primero
es lo primero”, decía bajo esa muda sonrisa que aún guardo en mi pupila;
“primero es lo primero”, repetía, antes de comenzar su actuación.
Desde
aquellos años a la fecha,
el suelo que ella pisó se halla gastado de tanta acrobacia
y por más que lo intento a mi sombra de amor no la he podido encontrar.
De: “Los
muchachos del Guinness Book”
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