El
único enemigo soy yo
cansada
de tanto viaje, plegada en mi propia forma de insomnio,
de rostros y olas.
desaparecen los planetas, las calles, las páginas que se extienden
lentamente:
nadie va hacia la muerte,
sólo los que leen el destiempo
los recuerdos, los ojos amargos.
sólo los ángeles y las burbujas saben cuánto aire hay en las brasas
cuanta eternidad futura en la huida en una aguja.
el
único enemigo soy yo, obstinada tez de tiempo,
sólo los atardeceres y los gritos,
las mejillas tan rotas,
y el
océano,
perfumando las barcas, los peces, los brazos fuertes de un hombre y
una red.
no
canta más la montaña,
arde el niño y la casa hacia un sujeto en el rincón más ciego y oscuro,
hurtando resignación a la luna, a la paz de las rosas
de la lluvia que flota y camina extensa hacia los papeles endurecidos por
el aire
por los paisajes de instante y desorden.
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