Compañeros de viaje
Me llegué a la ciudad con el frío de las mañanas de
viaje para ver los colores de las casas: la lentitud del rosa ensombrecido de
sus fachadas, la luz blanca o dorada de las plazas vacías tras la lluvia, en la
tarde. Buscaba mi lugar, perseguía un texto que había perdido (leído) en algún
sitio. Anduve hasta el muelle. Lloviznaba. Y, allí, solo, en el muelle sin
nadie, recordé en voz alta el comienzo de la Oda Marítima.
De: “La ciudad blanca”
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