Narciso se examina los pechos
Un hombre que me ama
se aparece
si
me toco ante del espejo
y
miro sin vergüenza.
Me
alzo la playera; paseo mis manos por unos raros
arcos de color café,
juega
en la arena un niño o cómo es que alguien
que me adora podría actuar el deseo.
Sueño
con que los dos lingotes de oro que se deslizaban
por mis pezones eran cetros. Desentraña mi piel
un
mito muerto,
tuerce mis manos aferradas a una hamaca para que se arrulle
mi
prehistoria. ¿Pueden los clásicos oír mi sexo
con
él por sobre la estridente rotación del mundo,
la tala del orgasmo que devasta la solidez del hueso? ¿Mis caderas
que
se desarman como la pena íntima de Dios?
Un
espeso placer se adormece en mi cuerpo,
el
cual puede borrar de mi mente recuerdos de cocina,
los hijos de mis miedos,
los huesos de mi
cuerpo.
Yo
me arrodillo contra mi reflejo y me alzo
la
playera como una reluciente bandera de oro. Peino
la
escena para un hombre o lo
que sea
eso
que sobrevive. La muerte es una cara del amor.
Son
tantos ojos negros y
brillantes los que miran de vuelta.
Versión de Hernán Bravo Varela
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