domingo, 11 de junio de 2023


 

JESSICA ISLA

 


 

Presentación

A Suyapa, quien inspiró este poema


Soy este cuerpo dibujado a golpes
Que camina día tras día bajo el sol, 
bajo este cielo incierto de máquinas aladas,
en medio de ráfagas de humo y
el sonido de fusiles
Soy infinidad de rostros:
el de un chico asesinado,
el de la abuela que camina
el de la gente lenca armada de una paciencia infinita
El de la pintora de mantas, 
El de la chica de las muletas
Que se enfrentan de a pedazos o en conjunto
A las murallas verde olivo cargadas de violencia

Puedo decir que de mi cuerpo salen muchos olores
El de la montuca fresca
El de la tortilla y los frijoles
El de manos sudadas y cuerpos cansados,
pero también
el olor de sangre derramada
el de gas y pólvora
el olor a muerte y a miedo.

Mi garganta
está poblada de voces:
Estoy en las discusiones acaloradas de las asambleas
en el grito de la maestra
En el relato de la joven violada,
En la protesta de los golpeados, de las torturadas
En la voz que canta en las calles

Soy miles de sombreros y 
cientos de palabras,
soy abrazos, lágrimas,
ternura, carcajadas. 
Estoy llena de  
sonrisas que iluminan el día
colores que vienen de todas partes
tengo alegría, ganas de bailar,
tengo esperanza.

Porque sin mí las calles
Se quedarían solas,
Porque sin mí las paredes no dirían nada
Porque soy tus manos, tus pies cansados,
Tu voz. 
Yo soy la resistencia

 

FABRICIO ESTRADA

 

 

 

Consigna de los vientos



Nada en el mundo
pudo enseñarnos mejor
que la amarga intuición de la herida.

Así es como aprendimos
a saber de la justicia antes que de la ley,
del mar extendido
antes que del río manso que socava nuestras casas.

Preferimos por lo tanto
abrazarnos a las olas
y señalar de frente a los asesinos.

No somos los hambrientos
que se rompen los dientes
con el pan duro de la filantropía,
ni los sedientos
que se atragantan
con la empozada saliva de los discursos.

Hemos llevado las espigas
a las tierras donde todo alimento se multiplica
y donde sobran manos para esculpir la cosecha.
No llegamos hasta las cumbres
para caer de pronto
llenos del vértigo de los cobardes;
no somos quiénes,
no.

A un paso del camino se yergue
el destino que nuestra propia sombra ha señalado.
Como enjambre de nubes, llegamos
al punto
donde todos los inviernos
revientan
en un millón de pájaros
insurrectos.

 

AMALIA BAUTISTA

 

 


 

Compañeros de viaje

  

Un hombre duerme junto a mí. Le miro,
pero no le conozco. No sé si está soñando
con alguna mujer que se asemeje
a la que soy ahora o a la que no fui nunca.
Por la ventana veo el mar en calma,
de un azul tan intenso que parece mentira.
Pero él ya no lo ve, ni me ve, ni ve nada.
Parece casi muerto de cansancio,
no hay ninguna expresión en ese rostro
y tampoco la había con los ojos abiertos.
Tiene las manos grandes y morenas,
supongo que su tacto no resulta agradable,
y suda por el cuello y por la frente.
Está entrando en la zona más profunda del sueño,
empieza a abrir la boca y a roncarme muy cerca
de la oreja. Sus piernas se separan
y con su muslo izquierdo está tocando el mío.
Verle dormido me da sueño. Y asco.
Es una mezcla extraña que jamás he sentido.
Necesito dormir, pero no quiero
dormir con él. Así que me incorporo
y busco otro lugar. Es fácil.
El autobús está medio vacío.

 

ELISA BIAGINI

 

 


 

Por una grieta

 

me escribo entre las
grietas, en los nudos
de la madera, en el
polvo bajo la alfombra:

la oscuridad, que espera
para entrar, se cuaja
de ojeras.

como en un papel
abarquillado
que se alisa
queda la
señal
             grieta
a colorearnos
la tinta.

(nosotros nos empapamos
de infinitas aristas)

se me ve sólo
a contraluz,
materia como
clara de huevo,
pátina goteada
por la grieta:
un alfabeto braille
de huesos que quieren
salir.

y la espalda se
agrieta, estuche
de semillas
que empujan,
que se abren en ramas,
matorral de dedos
que nunca llega a tocar,
que corta el aire con la uña.

 

Versión de Beatriz Castellary y María Grazia Calandrone

  

Nota: La grieta como condición “real” –el terremoto que ha golpeado la casa de Licini y el más cercano en el tiempo de la permanencia en Las Marcas– y como condición “existencial” de la artista, de fractura con lo real, de melancolía que oprime y desgasta. Pero por la grieta se filtra la luz y si nos acercamos podemos ver lo que antes estaba escondido. Objetos cotidianos, consumidos, casi agrietados por el uso y por la memoria, empapados de historias que por fin han encontrado espacio y voz.

 

 

 

ROSARIA LO RUSSO

 

 

 


Tres disonetos sobre la caída de la bolsa

 

I

Aún te atraen las quincallerías chinas,
incluso tóxicas, las baratijas de cristal
o porcelana, los cachivaches y los zapatos de moda.
Eres una alegre consumidora y compras diez mil
euros de acciones precisamente cuando las bolsas caen
y suben y vuelven a caer cada vez más estrepitosamente.
Sería como ir a las rebajas
y no comprar ni siquiera un abriguito
me has dicho, como una confiada en el futuro
de las derechas mundiales como una que sabe siempre
sus cosas respecto al impávido incremento de
su capital. Afilo las tijeritas de podar y el cuchillín
doliente, pero consciente de que un hilo interdental
me sería en ese momento menos inútil.

 

II

Nunca hubiera creído poder ver el fin
del capitalismo, dice Bruno susurrando circunspecto
con una sonrisa –que nos debemos– púdicos en el recuerdo
de una amistad adolescente. Pero ¡qué final
del capitalismo! Yo veo más bien la permanencia
de los habituales brutos, arrogancia ignorancia muy desestabilizante
del poder, gomorra como antes, más
que antes, y nadie (yo incluida) que tenga durante más
de un segundo a continuación un poco de vergüenza.
Cuando de jóvenes Bruno y yo
hacíamos de anárquicos ugofoscolos
Silvio desde hacía tiempo hacía de berluscones.
El dinero no tiene importancia alguna, lo ha dicho el papa:
cae y se levanta y vuelve a caer como un jesús durante el via crucis.

 

III

Pero sin que nos espere la salvación, ni nos importe.
Esos con los maletines ante los ojos muy a menudo
son sexy. Pero debe ser sólo una leve hinchazón
de piel gruesa y recibidos con una sonrisa
franca y directa. Nada que ver con las bolas
de líquido negruzco o violáceo que empuja bajopiel
en la delgada zona baja peri-ocular de los viejos o
bien de esa bella joven que ha recibido directo al
ojo el móvil del novio bromeando sí pero
inyectado en sangre el ojo involuntariamente
no resiste el rebosante odio cruel. Compasión por los broker
por los dependientes por los promotores o quién-coño-son
que gritan en la bolsa no siento desgraciadamente,
o por suerte, y no me importa nuestra salvación. 

 

Versión de Beatriz Castellary y Maria Grazia Calandrone

 

SARA VENTRONI

 

 

 

S’ora ch i no t’ido

 

La hora que no te veo estoy mal por los siglos
y mientras soy otro, todo.
También vegetación, el fuego doloso
que en verano devora la tierra.

La noche aprieta el día como las muñecas de la mujer.

Este pan es un disco sutil, se desmiga.
Pero si está inmerso y envuelto como un paño
está completo y redondo.
El tiempo transcurrido por todo el pan
             es breve.

Uno aquí pega el mordisco sólo,
estira el cuello como un mulo y se despega:
ligado a este palo
             fuera de la puerta, nadie va lejos.

El amor es brusco, de pocas palabras.
Ceremonia cubierta de lana basta.

Uno aquí aprende a no decir
             lo esencial.
Sólo se entiende que somos sombras.

 

Versión de Beatriz Castellary y Maria Grazia Calandrone