domingo, 30 de agosto de 2026

MICHELLE PÉREZ-LOBO

 


 

Dos frutas

 

Nos acostamos juntas sobre el cartón
con ganas de tocarnos
a la intemperie.
Los faros nos espían.
Nos sentimos abiertas
como mangos escurriendo
en la tabla; vulnerables,
a la vista de mosquitos
y autos.
La noche se rasga al unísono.
Nuestro único refugio
es el otro cuerpo.
Tendidas,
jugamos a imitar la danza de las moscas
sobre frutas podridas:
revolotear alrededor de la otra,
rozar brevemente nuestras alas.
Un concierto de zumbidos
que eriza los lóbulos
y nos envuelve.
Hay que disimular si un borracho,
un sonámbulo, otra pareja se acerca:
fingir que estamos dormidas,
que la cama no está húmeda,
a punto de deshacerse.

 

 

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