viernes, 16 de junio de 2023


 

KATHERINE BISQUET

 


 

El proyecto del siglo

                                        A mi madre fugitiva

 

Será el tiempo el que endurece los cuerpos de metal
o el que los corroe.
Será que cuando tocan la sal del océano
efectivamente se oxidan,
y temen navegar esos mastodontes armados
con los hierros del 80.
Será además que ya una vez huyeron
a otras tierras para formarse,
para armar la utopía del robot de hierro
y quedaron en la mitad del camino.
Será que en esas tierras se forjaron con lo imposible
en el momento de lo posible,
y después de tan pocos años cayó el colosal paredón.
Pendimos, aún pendemos.
Entonces cayó la esperanza de vivir de la energía,
cayó la esperanza de vivir con energía,
en una ciudad inconclusa,
en una generación inconclusa,
joven e ingeniosa aún.
Y el naufragio alcanzó a todos,
por estar hechos de uranio,
por no haber empujado la palanca,
por ver al robot que aún duerme,
en un apartado mundo que todos desconocen.*

 

De: “Uranio empobrecido”

 

 

STEFANO STRAZZABOSCO

 

  

 

Entra por los ojos…

 

Entra por los ojos una luz láctea
y una mano me mantiene inmóvil.
La nieve cayó en los alrededores
ha borrado los huecos en el terreno
y ahora cubre con su cascarón cándido
las voces firmes en el prado.

 

Versión de Guillermo Fernández

 

VALERIO MAGRELLI

 

 

 

Ser lápiz…

 

Ser lápiz: ambición secreta.
Arder despacio en el papel
y en él quedar engendrado
en otra nueva forma.
Volverse signo de carne
no instrumento sino delgada
osatura del pensamiento.

Sólo que pocas veces
se nos concede este dulce
eclipse de la materia.
Hay quien declina sólo con su cuerpo:
y entonces duele más la separación.

 

Versión de Guillermo Fernández

 

 

FABIO PUSTERLA

 

 

 

Las escaleras de Albogasio
(movimientos ascensionales)

 

Casas a plomo, asperezas menores,
un hijo en la cabeza; y, en andanada, el viento
que toma el lago al sesgo, engañador
se tira de la Horca de San Martino,
costea rocas y calles, luego arrecia
justo después de Gandria, donde el agua se ensancha.
Noche de remolinos en la que desciendo
como en un coro por las escaleras de un pueblo,
la mano en la camilla, que se mece
y arrastra junto a las paredes, y en las curvas
arranca polvo blanco; último acopio
de cal para Erminia, la gentil
señora muerta en otro lado, que regresa
a su balcón de minúsculas flores.
Aquí uno pasa por la oscuridad: agarrándose
al escalón más bajo con el pie,
por tramos verticales y pórticos estrechos. Ahora el lago
abajo no se ve, pero resuena
en las dársenas sordo, y los barcos
gimen en su corazón de madera y alquitrán.
Se cierra alguna puerta: quien se asoma
mira en silencio nuestra rara procesión
que baja torpe a los infiernos, a las negras
casas del sueño. Y sin embargo de lo hondo
algo sube, un soplo húmedo y denso;
una mano de aire o hinchazón
se insinúa y pide escucha, una vida remota
que sube nuevamente desde el agua, aún informe
y no obstante ya presente, ya imperiosa
en su existencia descarnada:
que se cruza con nosotros en descenso y va más alto,
como un humo sutil. Antiguas escaleras
las escaleras de Albogasio, donde pasan
risueños los vivos y los muertos, saludándose lento.

 

De: “No la perla”

Versión de Pablo Ingberg

 


 

 

MAURIZIO CUCCHI

 

 


 

1953

El hombre era muy joven y vestía
un sobretodo gris muy fino.
De la mano llevaba a un niño
feliz y silencioso.
El campo era la quietud y la aventura,
estaban el kamikaze,
el Nacka, el apátrida Veneno.
Era la primavera del 53,
el principio de mi memoria.
Luigi Cucchi
era el enorme orgullo de mi corazón
pero quizá él no lo sabía.

 

Versión de Guillermo Fernández

 

MANUEL PARRA AGUILAR

 

 

 

De esas largas piernas de Zeng Jinlian hablaremos en otra ocasión,
de esos labios tiernamente definidos en su curvatura hablaremos en otra ocasión,
porque hoy nos llegan noticias desde Hunan:
Zeng Jinlian ha muerto.

Mas nosotros aún vemos el claro manojo de sus cabellos,
aún podemos distinguir cada una de sus trenzas
que harían temblar hasta las comunes columnas del templo del emperador.
Nosotros aún vemos esas manos sostenerse en los hombros de sus padres.

De ese rostro tantas veces avergonzado de Zeng Jinlian
aún vemos levantarse una alegre sonrisa,
diciéndonos que nada tiene sentido.

Y esto contradice toda verdad,
por más poética que sea.

 

De: “Los muchachos del Guinness Book”