Veo a la hija de mi violador
Lo que recuerdo
es la forma en que él apagaba la luz.
Aun ahora, doy gracias
por no tener que verlo al irse.
No sé si la ternura
con la que veo a su hija,
a la que adoro, es una proyección
de mí: los flecos esponjados, los pasadores
púrpura con que mi madre decoraba
mi pelo largo —ellos me lucían a mí.
En falda tiesa de mezclilla, solo quería correr
como mi hermano con bermudas.
Yo me pregunto si esta niña encaja. Si puedo
amontonar su guardarropa dentro
de cuanto sé en materia de sistemas
y de la última vez que tuve ganas de estar cerca
de un hombre. Yo perdono
al vórtice rosado que amordaza mis muslos.
Le he dado un tratamiento de sentencia.
Ella sonríe a su padre, mi violador,
mi número primo en cuanto al sexo,
hombre que aún no la abandona
ni ha olvidado llevársela consigo.
Procuro no odiar a esa niña, aunque
su playera de Dora color rojo y el pliegue de los calcetines
me recuerda por qué me hallo aquí.
El dobladillo de su falda
y los dientes pequeños son el centro
de esta memoria:
en una cama individual
mis rodillas se parten
como grillos muertos,
mi grito es devorado
por mi lengua
puesta al servicio, un hombre
siempre adentro de mí.
Versión de Hernán Bravo Varela
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