Un
jurgo de bendición
Las
dos damas del ajedrez
se fueron junto a su esposa.
De pronto perdió todo y le tocó huir.
Un día no cargaba ni para empanada
y el plomo cayó en la calle
que había dejado unos minutos atrás.
Desde entonces dice tener ahorros en el cielo
por dar el diezmo que más le duele:
el caballo al más pobre.
En el cuadrante sólo le queda
un peón que escucha cómo el sereno
le patea en la escalera
cada mañana.
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