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Creí
ver los días que quedaron del invierno
con los cabellos blancos
llenos de miseria, desnudos
en sus horas hostiles.
Creí
estar en la antesala del infierno.
Creí
en el infierno, creí
en el hombre salido del infierno.
Miré
las fotos ausentes en las paredes
pretendiendo ser memoria,
soporté el vacío
porque no fui la única.
Cuando
uno cruza los umbrales
cualquier umbral
se coagula con otros
y el humo del cigarrillo entra por cada agujero de humanidad.
Dejé
de creer en el abandono del mundo.
Y si
tuve suerte
fue por leer la propia muerte en mis manos
abrazada, sin embargo, a una sonrisa
y a estas páginas
que no olvidaron lo que guardan en su tristeza
el
olor a hogar, a incienso,
el poema
así
conservo la misericordia
y saco el pesado manto negro que cubre mi espalda
y me veo recién nacida, desnuda, sin carne ni pieles
con dos huecos por ojos
con el rostro abandonado por dios
solo hueso y un aliento frío.
Hay
un reflejo invertido
un espejo para entender el mundo
un
oficio verdadero
revelado.
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