Teorema
de la tristeza
De
niño me levantaba
por las noches
a revisar que las llaves del gas
estuvieran cerradas.
Vigilaba la calle desde la ventana
de mi cuarto; salía a la zotehuela
a alborotar con ruidos
a los perros
de los vecinos.
Soy
de esas personas
que evitan las líneas divisoras
en los pasos peatonales;
que
se lavan las manos
más de tres veces
cuando van al baño;
que
dicen la palabra cerrar
cuando están
por apartarse
de alguna puerta.
Mi
siquiatra sabía cómo llamarle
a todo esto.
No me interesa recordar
sus palabras.
Conté
65 azulejos
en aquel baño público.
Yo
le llamo tristeza.
No hay comentarios:
Publicar un comentario