jueves, 3 de septiembre de 2026

KATYA VÁZQUEZ SCHRÖDER

 

  

 

Los estertores

 

Decía que la empleada le había choreado.
No le gustaba su hacer desprolijo
la leche le quedaba fría
siempre quedaban restos en el tenedor.
Se descosía en gritos
llamándola a cada rato
para que le trajera
con manos lavadas
la taza llena de agua.

A la noche
en un colchón
a los pies de la cama
cuando la oscuridad permitía borrar las figuras
la empleada le tendía la mano que la abuela
sostenía con vehemencia.
Aún en el calambre del brazo alzado
la abuela se despertaba con la mano callosa
en su pecho flácido.
Prendía la tele y alzaba su voz
por encima del volumen máximo del aparato
para que le trajera una servilleta
no ves, nena, que no me puedo levantar.
Rigurosa
la mano que le limpiaba la mugre
de entre los pliegues de la flacura
se entrelazaba con la de ella
para pedirle a Dios
que perdone sus ofensas.

En su último segundo
profirió un grito
que nadie en la sala entendió.
Mónica se quedó esa noche
sentada a su lado
mientras notaba
cómo su mano encogía.



No hay comentarios:

Publicar un comentario