El
cementerio
Crece
un rosal salvaje sobre la tumba
en
la que el cuerpo medita su ruina
un
rosal alto y retorcido
fiera
cruz que guarda arisca
el
secreto que le sirve de alimento.
Piedra
que crece
sobre
el lomo erizado de esta ingrata colina
donde
el olvido musita sus palabras de hierba
y la
tierra enseña sus uñas pardas
entre
las tristes ranuras de las lápidas.
Hay
una calma de siesta
en
el cementerio.
Hay
una verja abierta
y
una fosa abierta
y un
pájaro diminuto que se posa en un arbusto
y un
vuelo fugaz de gaviotas
cuyos
gritos secos son la única oración
que
entona el cielo.
En
vano teje la araña del tiempo
su
mortaja de silencio
pues
la húmeda voz del cementerio lanza al aire
sus
mudas palabras de arena y mármol y gravilla
sus
murmullos de césped y caléndulas.
Y en
la hondura del valle
se hacen
eco los perros
y la
lluvia se aquieta
y se
aplacan las iras del viento
y el
rosal despliega el suspiro de su aroma
como
un himno a los muertos.
(Getxo, 1993)
De:
“Perfecta sombra”
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