Retrato
de habitación con chicos
No
es grande la habitación, pero bien arreglada,
al menos lo que vemos. Cuarto de estudiantes,
que en realidad cobija o arrebata un amor…
Ellos son Gabi y Antón. El papá de Gabi ayudó:
Es bueno que dos amigos convivan y estudien juntos.
Hay demasiadas mujeres en la casa. Ser algo independiente
solo le puede beneficiar. ¿Lo sabe? ¿Lo sospecha?
Creen que no. Recuerdo camarada de colegios mayores.
Vemos un sofá que no parece malo. Y un ventanal
da al parque de un barrio periférico. Nuevo, grato,
pero nada excepcional. Ramas de árboles. Antón,
con jersey y pantalones largos —pana parece—
está medio recostado en el sofá y mira a su
amigo, con ojos que a la vez piden y reprochan.
Gabi —algo más joven— es el primer plano, junto
a la luz. Lleva camiseta blanca y azules
pantaloncitos cortos, sin nada. Ropa de casa. Descalzo.
Hermosas piernas y largos pies en punta. Intenta
mirar a Antón, parece, pero no sabe, no habla.
Antón es intenso y moreno. Gabi más blanco, rubiáceo
y francamente atractivo. Sabe que gustan o atraen esas piernas…
Puede que hayan regañado o puede que estén al borde
de hacerlo. Hay caricia y llama. Atrás, una cama revuelta,
solo una. Todo momento de amor o sexo es tensivo.
Puede florecer la rosa o explosionar el bidón. Incluso un beso.
Un portazo súbito. O un arrastre desmedido hacia sábanas usadas.
No lo podemos saber. Es la golondrina del instante indeciso
patrullando enigmática el aire. Dulzura de piernas. Llama de ojos.
Todo viril, suave y joven virilidad que estalla o reposa.
El sexo de Gabi corona sus piernas largas. Pero no hay más.
Ni el antes ni el después los conocemos. La vida.
Como privilegiados espectadores breves, solo nos resta
gozar de ese instante remansado, claro y afirmar mirando:
Basta la escena hermosa. Yo agradezco siempre toda juventud viril.
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