Oda seudopindárica a Francis Jammes
Por
supuesto, Jammes estaba loco.
Su realidad era su imaginación:
allí vivía y hacía el amor
con flores, abejas, árboles, vírgenes perfectas.
Era
un católico panteísta,
un soñador grácil, espléndido.
¡Qué delirante delicadeza la suya para incrustar
un riachuelo de abejas solares en un roble altivo!
La
muchacha desnuda era su Rima, vibraba
como el brote de un membrillo silvestre en la lluvia;
el refugio del poeta se inflamaba de
estrellas de China, suaves plumas de niebla,
un temblor de arco iris.
¿Qué
han hecho los hombres para que sufras tanto?,
pregunta la muchacha, ¿para que tu alma sangre?
¡Han mentido!, chilla el poeta.
A veces he querido irme con mis perros lejos,
muy lejos, a una playa remota donde
sólo se vea el sol y el agua
subir y bajar para morir entrelazados.
Es
este el corazón de la locura, como dice ella,
y Jammes lo toca con elegancia.
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