martes, 11 de julio de 2023

ROBERTO ECHAVARREN

 

  

 

LA CARA GOMOSA de Tláloc dios de la lluvia con nueve puntos verdes dentro de su materia traslúcida. Se pega a los dedos.

Todo lo barre la lluvia.

Si pudieras recordar cada una de las tiradas de tu vida

esa huella habría marcado la secuencia de tus problemas y tu estilo, si pudieras recordar, pero te responde cada vez como si fuera la primera vez, y atiende los pedidos de quien sea, le dice cuándo y para qué hacer. Es un amigo siempre dispuesto a compartir su conocimiento contigo acerca de lo que te pasa, y te da la imagen y el juicio, te coloca en los dos hemisferios cerebrales, en el hemisferio derecho la imagen, en el izquierdo el juicio. La imagen es expresiva en sí misma, por lo que sugiere. Por otro lado los signos interpretan la imagen, dan un consejo, te centran en lo que debes hacer.

El cuerpo sosteniendo las farras del espíritu, el reino encantado del espíritu, el reino encantado de la permanencia, al costo del cuerpo, del que es y no es con su debilidad intrínseca de estar sujeto a la muerte y que paga el costo del mundo acolchonado del espíritu que es como un piso superior donde las cosas son y permanecen, mientras por debajo todo se barre innominado, sin nombre donde no se fiscaliza el pasaje y el escurrimiento de todo.

El dandy popular, como un gitano de Lorca, se esmera en recrearse para dar una imagen de sí como obra de arte. La creación de sí al nivel visual, donaire, posición, lucimiento de la figura, performance del cuerpo, por más que la imagen circula por su cuenta a través de los medios y atrapa por sí misma y nos introduce a la casa encantada del espíritu.

No somos otra cosa que máquinas o motores, ¿para qué? La conciencia de los animales para sobrevivir y protegerse, la conciencia de nosotros, ¿para qué? Tenemos el mismo mirar de crestas violáceas del lagarto, estamos planeados lo mismo en su figura, cordados cuatri-membres, hechos de la misma materia que nos separa de las plantas. La conciencia como el cristal de una claraboya, en su transparencia de mirada, esa capa o manto o membrana visual, flota, sin materia, espíritu, estado derivado del cuerpo, debido al cuerpo, esa nada ilusión de completud, esa completud cuando llega en nosotros mismos, esa completud que es nada.

Llega un punto en que el objeto de deseo es puro fetiche, o si se quiere figura, forma, formato que llega topológicamente a lo ridículo deformado como las cabezas reducidas, y un cepillo atado a un palo, una cabeza o semblante transformado en amuleto.

Lo que puede gustarme ha cambiado de formato, el anterior ya no es posible en ningún respecto y el nuevo parece no haber llegado aún, pero es evidentemente más abierto, menos circunscrito en términos de aspecto o edad.

La musiquita llegó al final, de la alarma del celular, tinkle bells, singen glocke singen, de Papageno, surgió sola sin que nadie hubiese conectado ninguna alarma, era la música que sonaba temprano en la cama para él, para que tomara su pastilla, aquí trasciende, alegre y pura, por encima del virus, pero también por encima de la relación, trasmutando cualquier sabor impuro con el perdón que la eleva, cuando ya no hay ego, y se mira con compasión a las criaturas en su conjunto, con sus cuerpos frágiles y sus estrategias cortas o largas, se los mira desde arriba, desde el perdón libre de ego, de juego especular atrapado, por encima en un derrame de luz sobre todo y todos y la relación.

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario