sábado, 5 de septiembre de 2026

LUCÍA RUEDA

 


  

Soy, apenas, todos los recuerdos de mi niñez:
algo que es ficción y, sin embargo, real


Creí y dejé de creer
en la virgen
sobre un subibaja
que me producía cosquillas en el estómago
cuando bajaba,
y luego
el temor
de estar arriba,
desconfiar de mi prima
que podía irse del juego
y dejarme a mí
en el suspenso
de la caída.

Subía.
Las nubes-edificios,
la casa de rojo quemado de mi abuela.
Podía ver todo, señalar cada cosa hasta bajar
de nuevo:
las hormigas rojas por mis piernas,
el pasto que se estira.

Cada vez más rápido,
subía.
La amistad con mi prima
que me invitaba
a jugar con las barbies:
y tú eres Ken y nos besamos
mua mua.
Cada vez más rápido
bajaba
el frío en mis talones,
subía.
Mi nombre a esa altura
como nunca nadie volverá a llamarme
porque he crecido

más rápido
la tarde pierde,
se escuchan los grillos,
el aire huele a naranjas tostadas,
la casa de mi abuela
un rojo ya ceniza.
Bajaba
y de pronto
el dolor de creer en algo

adentro,
mi tía se enoja porque juego con un Ken
y beso a la Barbie que es de mi prima
mua mua.

Subo,
algo se rompe
y me siento mal
como si mis piernas estuvieran embarradas de lodo

sangro.

Una virgen con el ceño fruncido
cruza sus brazos,
me dice
qué niña tan desobediente,
me da unas nalgadas
y me obliga a mentir
porque a esa edad
no se me puede romper nada.
Es sólo
un subibaja,

mi prima dice
que quiere regresar.
Pone un pie en el suelo
el equilibrio justo
para mi descenso,

mi prima dice
unas carreritas para la casa
¿o qué?
Se echa corriendo,
yo toco mi entrepierna
y la noche
huele como siempre.

 

De: “Esta batalla que fue”

 

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