EL
CADÁVER de Lautréamont, lo que hay dentro de ese envoltorio, son vidrios
de colores, rotos. La rotura multiplica el color, pero en esa cámara oscura sin
ventilación inundada de humedad se pudre, se pudren los materiales y caen los
cascotes, y rompen el lambris del techo, con peligro de herir a alguien. El
cadáver de Lautréamont es un tumor que se oculta. Es un forúnculo que no
explota. Abrir el tumor es sanear: abrid esta tumba, en el fondo está el mar.
Ahora los cascotes a punto de caer pueden verse, porque se puede entrar desde
abajo, rotas del tablas del cielorraso, abierta la cámara del vitral tapiado.
Un vitral de líneas alabeadas con algo de Gaudí, descalabrado.
Era el último misterio de la casa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario