SE
SENTÓ y me mostró un escudo de mar, que estaba entre animal y planta: era
áureo, parecido a una hebilla grande de cinturón con un “diente” o trompa como
el pistilo sobresaliente de una cala, que terminaba en punta, o el tentáculo de
un calamar, que se moría. El “escudo” caía como una tortuga, pero siempre entre
la vida y la muerte, entre la flor y el animal.
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