FUI
TOCADO por un profeta en el camino
en la primera juventud, dieciséis años
un niño masturbándose bajo las sábanas
un agustín tardío atraído por ambos sexos
plegado sobre sí como un oxímoron fallido
un aleteo veloz sobre el mar abierto
que en el otro extremo de sí mismo no se oye
un aguijón restituido como una propiedad en deuda
culpa del paraíso que no hay
a
veces, cuando me despierto temblando más que otros días,
o empapado en sudor viéndolo todo en cámara lenta
gemidos y maldiciones espectros sobrepuestos encarnados entre mis piernas
creo que no hay salida con una lucidez ambigua y meridiana
un látigo detrás de otro un durazno como una enredadera hecha de néctar
un hueso atorado en la garganta atorado cada vez más
y la convicción de haber estado ahí la mañana anterior o la siguiente
el tiempo es una línea imaginaria
que finge que no arranca las entrañas de un jalón
entonces
recuerdo: el profeta que me tocó:
la seguridad con que cogió mi mano y me puso en pie:
enjugó mis heridas: la sangre que seguía chorreando
desde el día en que me sacaron del vientre: quedé limpio
y nadie supo por qué
esa
noche desperté entré en mí y fui saliendo poco a poco
alcé las puntas sobre el piso de duela apolillado
vi cientos de pájaros cantando
y vi la beatitud por un segundo
días sin término
de
esa memoria me alimento en horas como esta
esa memoria es mi desgracia
nada de eso volvió a pasar pero pasó
los restos que yo soy son oficiantes de ese rito y su ortodoxia
logia del velo rasgado
silla que se deja a elías
levadura
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