Lo
que quedó de los noventas
Bob
Ross
pinta en mi cara un paisaje
de árboles magullados
envueltos en una perfección pétrea.
Mandela fue elegido presidente,
una y otra vez,
hasta que se hizo un monstruo,
una dictadura autodenominada como mandelista,
pero eso solamente fue un mal sueño de Colosio,
justo antes de morir.
Bob Ross decía que era sencillo,
con esa voz en español súper-puesto,
y ese afro que podía haber sido una vagina.
Mi cara seguía fresca,
obedecí a un impulso incomprensible,
encendí un cigarrillo y busqué mis nervios,
mi estrés y estreñimiento,
en un tipo de depresión generacional,
inconexa en internet.
Terminé refugiada,
en una luz azul neón,
con cigarros y cervezas,
buscando a Ren y Stimpy,
recordando cuando niña,
me masturbaba mirando
algún capítulo al azar.
¿Por qué Ren y Stimpy me provocaban?
Quizás lo grotesco,
quizás las groserías aisladas,
quizás el poder revitalizante
de ser una caricatura
que podía hacerte sentir
el aroma de la pestilencia
y la ineptitud de unos brutos.
Me tiré la cerveza encima
y Bob Ross entendió
que los paisajes perfectos
eran lo más triste del mundo.
Ofreció, sin duda alguna,
hacer una pinturita de Minnie Mouse,
a lo que uno se niega, por pura dignidad.
Tomé la última botella llorando fuerte
con conversaciones sin sentido, pero
con una pequeña sonrisa de satisfacción
pasando entre mi generación
—el lugar más solo para llorar
o llevar a cuestas tus problemas—.
Mis pasos se van quebrando
y sigo diciendo que tengo un sueño,
algún sueño en algún lado.
Muevo la toga, y aviento el birrete
entre toda mi generación,
en la ciudad de los sueños rotos,
en lo que quedó de los noventas.
*
Prefiero
ser un chicle de clorofila
en el hocico de cualquier vago.
De:
“El cielo detrás”
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