EN
EL PUERTO SE ACOSTUMBRA a trenzar a las mujeres para que las lluvias
lleguen, pero no inunden, es una sana costumbre tejer los cabellos como las
sirenas hacen con el agua. Aprendimos a tejer la angustia y la calma en cada
madeja, en cada rizo rebelde que intenta escapársele al cráneo. Cuando la
trenza se afloja la brizna está cerca y tantea mejor la ovulación de las palmas
que verdean el frescor de la casa avisando la mejor hora para criar peces. Las
niñas que nacimos con rizos sabemos que nos esperaban desde antes, que nuestra
madre nos tejió en cada hebra, somos niñas pensadas, conjuro de nuestras
abuelas pez que desde la mar amarraron la ofrenda. Por eso calmamos la sed con
el sudor chilate del cacao serrano, y hablamos el idioma del océano, dejando
algo de él en cada trenza que se teje en tierra firme.
De:
“Variación de la escama”
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