Wing Chun, del amor como arte
marcial
y
todo aquello que crece tan rápido como la hierba sobre la tumba
de
un pájaro
(Celan)
los
gramos de luz que impactan la tierra por segundo
(Wright)
dos
personas mirándose desde lados opuestos de la claridad
(Carson)
hablar
de eso,
de lo que nos permitimos el lujo de no entender literalmente.
si
la luz puede impulsar una nave espacial
¿todavía te preguntas quién saldrá ganando?
*
dos
amigas conversan en la mesa de un bar a primera hora.
una de ellas repasa la línea de las pestañas con la yema del dedo índice,
parece
realmente afectada
(sus
palabras conforman una mastaba en la mente de la otra
un recinto dorado
—con razón mastaba proviene del árabe “tertulia”, que atesora a
su
vez restos del griego antiguo stibás, “lecho de hierba”—
dábale leche de yegua y curábale las llagas con polvo de violetas,
piensa la que escucha,
como sucede en las leyendas andinas
como si la efectividad de los remedios se midiese por la extrañeza
que
provocan)
*
escondida
en un bosque mientras medita, Ng Mui observa a una
serpiente
pelear con una grulla, direccionalidad frente al
equilibrio,
un esplendor de órbitas y esbeltezas, dos
versos
de metro desigual cabalgando en la boca de quien
recita.
Ng Mui observa y memoriza los movimientos,
el arte.
*
no
hay orden que valga en el mundo
si
consideramos su relato, la amiga que habla también persevera en el
contacto.
hace suya la técnica del oponente,
simultánea defensa al ataque,
no arremete contra puntos vitales, pero sí contra aquellos que
desarman
el movimiento
por venir
detrás
de las palabras, músculos
incandescencia
wing
chun, “eterno canto de primavera”
*
la
que escucha no sabe si la amiga aprendió más de la grulla o de la
serpiente.
la que escucha se pregunta qué amuleto egipcio vendría al caso
(si los peces de cerámica turquesa protegían a la portadora de
morir
ahogada en el 1335 a. C., ¿qué serviría aquí?)
de
forma subcutánea,
la mañana avanza como el veneno expulsado gracias al cierre de las
mandíbulas
un mordisco de serpiente
poco
importa:
permanecen, sin tocarse, unidas en su asombro
como
las marcas paralelas de los colmillos en la carne de la víctima.
De: “Atlas”
Versiones del gallego al español
por Diego Gómez Pickering
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