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A lo
mejor ni te enteras nunca del día de tu muerte. Cuando te digo que es a lo
mejor, soy literal.
Puede ser que la esperes y no llegue. Puede que sí. O se porta distinto y
aparece repentina, por detrás,
sin ruido. O con un ruido que explota después, cuando tú ya no seas.
Eso me soltó Dios cuando le pregunté por la fecha de mi muerte.
Fue una tarde de sábado y yo estaba solo, oyendo música. Él —Dios en persona,
Él no tiene secretarios—,
Él estaba ahí hacía rato y sólo abrió la boca para elogiar el color de la
tarde.
Dios hablaba con una voz apacible.
No parecía tener ninguno de los problemas que debe soportar el autor de la
creación.
Era el momento que yo esperaba para saber cuándo me voy a morir.
Le solté la pregunta y Él no cambió de tono. Sereno, amigable, me dijo que no
lo sabe o no se acuerda.
Lo dijo con intención paternalista, dando a entender que me protege: buena
coartada para disimular
la ignorancia.
Me habla. A casi nadie le ha dirigido la palabra este Dios que nos tocó en
suerte. A casi nadie, y a mí me habla.
Pero eso no quiere decir que yo le importe.
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