miércoles, 9 de septiembre de 2015

MANUEL MARÍA FLORES




El sol



Y no buscaste un sol, no; le tenías
Dentro del corazón, y ya el instante
De su feliz oriente presentías...

¡Ese sol era Amor! Astro fecundo
Que el corazón inflama
Y, con su fuego iluminando el mundo,
Como un sol en el alma se derrama.
Ante él los sueños de la fe benditos,
Las blancas ilusiones, la esperanza,
Y del alma la virgen poesía,
Todo en enjambre celestial se lanza
A hacer en torno al corazón el día.

Así también el sol del firmamento
Fúlgido al asomar. La flecha de oro
De su rayo primer rasga el espacio...
En el pálido azul del éter vago,
Las últimas estrellas
Cintilan en sus limbos de topacio,
Tiemblan, se apagan tímidas... y luego
El astro rey desde el confín profundo
Sacude sobre el mundo
Su cabellera espléndida de fuego.

Como bocas amantes
Que se aprestan al beso voluptuosas,
Entreabren palpitantes
Su incensario de púrpura las rosas.
Las brisas se levantan
A despertar los pájaros dormidos
En el tibio regazo de sus nidos,
Y ellos, alegres, despertando, cantan.
Y cantando despiertan
El inquieto rumor de los follajes,
Y el bosque todo, saludando al día
Desata la magnífica armonía
De sus himnos solemnes y salvajes.

Y todo es vida rebosando amores
Y todo amores rebosando vida.
Desde el trémulo seno de las flores
Cargadas de rocío;
Desde el murmullo del cristal del río,
Y el retumbo soberbio de los mares;
Desde la excelsa cumbre de los montes
Y el azul de los anchos horizontes
Hasta la inmensidad del firmamento,
Es todo luz, perfumes y cantares,
Es todo amor, y vida y movimiento.

Tu sol, el de tu amor, por mucho tiempo
Dentro de tu alma retardó su oriente;
Por mucho tiempo su divino rayo
No iluminó sobre tu regia frente
Las lindas flores de tu rico mayo.
Por mucho tiempo en vano la belleza
Te revistió de sus preciosas galas,
Y en torno de tu espléndida cabeza
Impaciente el amor batió sus alas.

Por mucho tiempo así. Llegó el momento,
La ansiada aurora, el despertar fecundo:
Y tú lo sabes bien: dentro de mi alma,
Ante el sol de tu amor, alzóse un mundo.

El mundo de mi loca fantasía,
Mi mundo de poeta,
Un pedazo de cielo que se abría
En la región del alma más secreta,
Un enjambre de sueños voladores
En torno de dos almas cariñosas,
Y del alba a los tibios resplandores
Un escondido tálamo de rosas
Para el sueño nupcial de los amores.

Un cáliz desbordado de embriagueces,
De inmortales delicias,
Un torrente de besos, de suspiros,
De lágrimas de amor y de caricias.
¡Ah! ¿Dónde estaba de mi lira ardiente
La orgullosa canción que supe un día?
¿Do la palabra que, bañado en fuego,
Al oído feliz de la belleza,
En otro tiempo modular sabía?
¿Do las flores gentiles que el poeta
Al pasar la Hermosura derramaba
Con musa fácil, juvenil e inquieta?

¿En dónde está mi audacia, en otro tiempo.
En otro tiempo tan feliz y loca...?

Ante el sol del amor que vi en tus ojos,
Cayó a tus pies mi adoración de hinojos
Mi alma tembló y enmudeció mi boca.



JAIME MARIO TORRES BODET




Amor único



Ramo del corazón, el que se hace
Sólo una vez. El que se da, sin verlo.
No sería bastante todo el abril del mundo
Para hacerlo de nuevo.


martes, 8 de septiembre de 2015

GILBERTO OWEN




10. Tierra que la guarda ahora...



Tierra que la guarda ahora
-montoncito de tierra
y un poco de savia en los árboles-.

Ramas sin marzo, sin viento,
metálicas, más de luna
que de árbol, casi de alma.

Esta vez no ha quedado nada
del día en mi mirada.
Noche demasiado lírica.

Ella estará aquí más presente
-viéndome completo-
que yo que la creo sólo
puñadito de tierra
y un poco de savia en los árboles.


De: Desvelo


JOSÉ EMILIO PACHECO




Silver spring



En el bosque otoñal
ramas desnudas
esperando la nieve.

(El silencio de la luna)



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA




La serenata de Shubert



¡Oh, qué dulce canción! Límpida brota
esparciendo sus blandas armonías,
y parece que lleva en cada nota
¡muchas tristezas y ternuras mías!
¡Así hablara mi alma... si pudiera!
¡Así dentro del seno,
se quejan, nunca oídos, mis dolores!
Así, en mis luchas, de congoja lleno,
digo a la vida: «¡Déjame ser bueno!»
Así sollozan todos mis amores!
¿De quién es esa voz? Parece alzarse
junto del lago azul, en noche quieta,
subir por el espacio, y desgranarse
al tocar el cristal de la ventana
que entreabre la novia del poeta...
¿No la oís como dice: «Hasta mañana»?
¡Hasta mañana, amor! El bosque espeso
cruza, cantando, el venturoso amante,
y el eco vago de su voz distante
decir parece: «¡Hasta mañana, beso!»
¿Por qué es preciso que la dicha acabe?
¿Por qué la novia queda en la ventana
y a la nota que dice: «¡Hasta mañana!»
el corazón responde: «¿Quién lo sabe?»
¡Cuántos cisnes jugando en la laguna!
¡Qué azules brincan las traviesas olas!
En el secreto ambiente ¡cuánta luna!
mas las almas ¡qué tristes y qué solas!
En las ondas de plata
de la atmósfera tibia y transparente,
como una Ofelia náufraga y doliente
¡va flotando la tierna serenata!...
Hay ternura y dolor en ese canto,
y tiene esa amorosa despedida
la transparencia nítida del llanto...
¡y la inmensa tristeza de la vida!
¿Qué tienen esas notas? ¿Por qué lloran?
Parecen ilusiones que se alejan...
sueños amantes que piedad imploran,
y, como niños huérfanos, ¡se quejan!
Bien sabe el trovador cuán inhumana
para todos los buenos es la suerte...,
que la dicha es «ayer»... y que mañana
es el dolor, la oscuridad, ¡la muerte!
El alma se compunge y estremece
al oír esas notas sollozadas...
¡Sentimos, recordamos, y parece
que surgen muchas cosas olvidadas!
¡Un peinador muy blanco y un piano!
Noche de luna y de silencio afuera...,
un volumen de versos en mi mano,
y en el aire y en todo, ¡primavera!
¡Qué olor de rosas frescas! En la alfombra,
¡qué claridad de luna! ¡Qué reflejos!
¡Cuántos besos dormidos en la sombra,
y la Muerte, la pálida, qué lejos!
En torno al velador, niños jugando...,
la anciana, que en silencio nos veía,
Schubert en su piano sollozando,
y en mi libro, Musset con su «Lucía».
¡Cuántos sueños en mi alma y en tu alma!
¡Cuántos hermosos versos, cuántas flores!
En tu hogar apacible, ¡cuánta calma!,
y en mi pecho, ¡qué inmensa sed de amores!
¡Y todo ya muy lejos, todo ido!
¿En dónde está la rubia soñadora?
¡Hay muchas aves muertas en el nido,
y vierte muchas lágrimas la aurora!...
Todo lo vuelvo a ver... ¡pero no existe!
Todo ha pasado ahora..., ¡y no lo creo!
Todo está silencioso, todo triste...
¡Y todo alegre, como entonces, veo!
Esta es la casa..., ¡su ventana aquélla!
ése el sillón en que bordar solía...,
la reja verde... y la apacible estrella
que mis nocturnas pláticas oía...
Bajo el cedro robusto y arrogante,
que allí domina la calleja oscura,
por la primera vez y palpitante
estreché con mis brazos su cintura.
¡Todo presente en mi memoria queda!
La casa blanca, y el follaje espeso...,
el lago azul..., el huerto, la arboleda
donde nos dimos, sin pensarlo, un beso!
Y te busco, cual antes te buscaba,
y me parece oírte entre las flores,
cuando la arena del jardín rozaba
el ruedo de tus blancos peinadores.
¡Y nada existe ya! Calló el piano...
Abriste, virgencita, la ventana...,
y oprimiendo mi mano con tu mano,
me dijiste también: «Hasta mañana»
¡Hasta mañana!... Y el amor risueño
no pudo en tu camino detenerte...
Y lo que tú pensaste que era un sueño,
fue sueño, sí, ¡pero inmenso!, ¡el de la muerte!
¡Ya nunca volveréis, noches de plata,
ni unirán en mi alma su armonía,
Schubert con su doliente serenata
y el pálido Musset con su «Lucía»!



SALVADOR DÍAZ MIRÓN




Infeliz el cónyuge, ¡ay del que se fíe!



Infeliz el cónyuge, ¡ay del que se fíe
de joven hermosa, dulce y hechicera
en brazos de un mozo que apriete y porfíe!
Ella dulcemente mueve la cadera,
y él no mira cosa que la contraríe,
y en los pardos bucles de la cabellera
una flor de fuego bruscamente ríe.
Y la esposa baila con los senos fuera
y él no mira cosa que la contraríe,
y en los pardos bucles de la cabellera
una flor de fuego bruscamente ríe.



JUAN JOSÉ TABLADA



  
Hojas secas



El jardín está lleno de hojas secas;
nunca vi tantas hojas en sus árboles
verdes, en primavera.