Casa
para la ternura
Yo
no sabía que podía existir una casa para la ternura; un lugar para mirarse
fijamente las pupilas y habitarlas, navegarlas, recorrerlas enteras,
profundidades remotas.
Hacernos
dulzura infinita, construirla. Me pides te escriba mi nombre en la piel, un
trazo, una onda expansiva al escribirte peces y constelaciones, nébulas,
cometas, mapas celestes; camino seguro, no perdernos en el reencuentro.
Hay una brújula en esta casa para la ternura, no sabemos a dónde vamos, brújula
nos dice por dónde seguir: somos nosotros ardiente astrolabio. Azules cantos en
nosotros, sutiles cantos. Todo es arbóreo aquí, áureo, el resplandor del
respiro aliviado. Todo es aéreo aquí, brisa que habla. Todo es fuego aquí;
tocarse la boca y las manos. Todo es agua aquí; mecernos en el mar lunar de las
entrañas.
Yo
no sabía que podía existir una casa para la ternura, avizorada sólo por
antiguos poetas, alguna vez señalaron con su dedo índice el sol; horizonte
perpetuo, indescifrable, dorado infinito. Todo aquí es tan celeste, todo en ti
es tan inaudito. Queremos arder en esta casa para la ternura, ser laterales,
curvos, oblicuos, transversales, acomodarnos habitando la llanura, un paisaje
jamás desolado.
Queremos
tierra, aquí. En esta casa para la ternura queremos tierra, mojar las manos,
sembrarnos. Todo aquí se ha convertido en semilla, cultivo; tus manos y mis
manos haciendo inexplicables trazos. Yo no sabía que tocarnos con la mirada era
habitar una casa para la ternura, deshacernos de todo lo que fuimos,
rehacernos de nuevo a nuestra medida. Tú me mides con tu voz, mi oído te marca
el paso. Yo te mido con mis ojos, y tú me dejas entrar. Todo aquí es córnea,
párpado, labios. Todo aquí es núcleo y viejos axiomas; estamos recordando. Todo
en ti es arena brillando. Tú me dices: hagamos una casa para la ternura, y
digo: si, hagámoslo.
Yo
no sabía que podía existir una casa para la ternura, una casa para ti y para
mí, una casa extendida en la que el tiempo no existe.
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