viernes, 16 de agosto de 2013

JORGE CUESTA



  
La flor su oculta exuberancia ignora


La flor su oculta exuberancia ignora,
y que es por una vigilante usura
de un mismo azar, que evade su clausura
la miel, y la embriaguez, que se evapora. 

Que no agota su pérdida de ahora,
sino que otra mayor dicha futura
la fruta embriagará cuando madura,
no lo sabe la flor, y se devora. 

Extrema el polen como vivo grano,
y ella misma se siembra y restituye
a sí misma la vida que le huye. 

No mira que su gozo es hondo en vano
y no lo niega al fin si lo disputa al más profundo
al más abismo de la fruta.


PALOMA PALAO



El Ángel de la música


                                                           A Antonio Colinas

No responde
la añoranza a la música, sí, al esfuerzo
de una armonía
celeste y casi hallada. Tañe el laúd
y canta: esfuerzo sumo y aún anhela, contempla.
Hay un dolor, aunque su cabello
orle una franja, de fingidas piedras. Su cuello
es recio, cual de varón. Sus ojos
perdida
la hermosura tienen. Traspasa suave
la túnica sus alas. Hay un dolor del aire
detenido. Las cuatro cuerdas del laúd tan tensas
donde las manos
no reposan. El paraíso
está perdido en el esfuerzo: no es un ángel
quien tanto dolor siente.
Hojas de naranjo acompañan
tras del azar perdido su memoria.

De "Resurrección de la memoria"


jueves, 15 de agosto de 2013

SILVINA OCAMPO




La visión



Caminábamos lejos de la noche,
citando versos al azar,
no muy lejos del mar.
Cruzábamos de vez en cuando un coche.

Había un eucalipto, un pino oscuro
y las huellas de un carro
donde el cemento se volvía barro.
Cruzábamos de vez en cuando un muro.

Íbamos a ninguna parte, es cierto,
y estábamos perdidos: no importaba.
La calle nos llevaba
junto a un caballo negro casi muerto.

Era de noche -esto será mentira.
Tal vez, pero en mis versos es verdad-.
Una arcana deidad
casi siempre nocturna que nos mira

vio que nos deteníamos y el día
suspendió sus fanáticos honores,
clausuró sus colores
pues también el caballo nos veía.

No digas que no es cierto: nos miraba.
Con la atónita piedra de sus ojos,
bajo los astros rojos,
nos vio como los dioses que esperaba.



JUAN SANCHÉZ PELAEZ



  
Un día sea



Si solamente reposaran tus quejas a la orilla de mi país,
¿Hasta dónde podría llegar yo, hasta dónde
    podría?
Humanos, mi sangre es culpable.
Mi sangre no canta como una cabellera de laúd.
Ruedo a un pórtico de niebla estival.
Grito en un mundo sin agua ni sentido.
Un día sea. Un día finalizará este sueño.
Yo me levanto.
Yo te buscaré, claridad simple.
Yo fui prisionero en una celda
    de abúlicos mercaderes.

Me veo en constante fuga.
Me escapo a mí mismo
Y desciendo a mis oquedales de pavor.
Me despojo de imágenes falsas.
No escucharé.
Al nivel de la noche, mi sangre
    es una estrella
    que desvía de ruta.

He aquí el llamamiento. He aquí la voz.
Un mundo anterior, un mundo alzado sobre la dicha futura
Flota en la libre voluntad de los navíos.

Leones, no hay leones.
Mujeres, no hay mujeres.

Aquí me perteneces, vértigo anonadante —en mis palmas
    arrodilladas.

Un diluvio de fósforo primitivo en las cabinas de la tierra
    insomne.

El busto de las orquídeas
    iluminando como una antorcha el tacto de la
    tempestad.

Yo soy lo que no soy: Un paso de fervor. Un paso.
Me separan de ti. Nos separan.
Yo me he traicionado, inocencia vertical.
Me busco inútilmente.
¿Quién soy yo?

La mano del sollozo con su insignia de tímida flauta
    excavará el yeso desafiante en mis calzadas
    sobre las esfinges y los recuerdos.



De “Elena y los elementos”


ANA MARÍA RODAS




6. Limpiaste la esperma


Limpiaste la esperma
y te metiste a la ducha.

                  Diste el manotazo al testimonio
                  pero no al recuerdo. 

Ahora
                  yo aquí, frustrada,
                  sin permiso para estarlo
                  debo esperar
y encender el fuego
y limpiar los muebles
y llenar de mantequilla el pan. 

Tú comprarás con sucios billetes
                   tu capricho
                   pasajero 

A mí me harta un poco todo esto
en que dejo de ser humana
y me transformo en trasto viejo.


RAFAEL CADENAS





Fragmentos 



14

Penetro
en el sol manchado de tu mirada —la rosa perdida.



JORGE CUESTA



  
Una palabra obscura*



En la palabra habitan otros ruidos,
como el mudo instrumento está sonoro
y la templanza que encerró el tesoro
el enjambre sólo es de los sentidos.

De una palabra vaga desprendidos,
la cierta funden al ausente coro
y pierden su conciencia en el azoro
preso en la libertad de los oídos.

Cada voz de ella misma se desprende
para escuchar la próxima y suspende
a unos labios que son de otros hueco.

Y en el silencio en que se dobla y dura
como un sueño la voz está futura
y ya exhausta y difunta como un eco.


* 3a. versión.