XVIII
Andábamos
sueltos, sin plata, sin tiempo (quizá con zapatos) pero con noche, rebosantes
de profundidades.
Pasó un búho gigante como cualquier dios que va de un mundo a otro.
Nosotros, abajo, caminando el empedrado, respirando maizales y flores caídas
del chirimoyo que la crecida del arroyo convirtió en fragancia.
Siguiendo la luna
o lo que sea
o siguiendo nada.
Décadas
después, el mismo peregrinar
sobre asfalto, la cubierta de un barco o el asiento de un avión.
Al
acecho.
Esperando
ese fulgor donde el día aún no es y la noche no se acaba
La
madrugada.
Recibirla a la intemperie es el botín.
Fragantes de atavismo.
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