¿A
qué se dedicaba, el gran dios Pan,
en
medio de los juncos junto al río?
Pues
a esparcir la ruina y maldiciones,
chapotear
con pezuñas de cabra
y
romper lirios áureos que flotaban
allí
con la libélula en el río.
Un
junco le arrancó, el gran dios Pan,
al
lecho frío y hondo de aquel río;
el
agua transparente corrió turbia,
y
los lirios partidos se murieron,
y
marchó para siempre la libélula,
aun
antes de sacarlo de aquel río.
Se
sentó en la ribera el gran dios Pan
en
tanto que fluía turbio el río;
acuchilló
y talló como un gran dios,
con
su acero feroz, al pobre junco,
y no
quedó ni rastro de la hoja
que
mostrara su origen en el río.
Dejándolo
muy corto, el gran dios Pan
(¡qué
alto que se alzaba sobre el río!),
igual
que el corazón de un hombre extrajo,
por
el anillo externo, su meollo,
y a
la cosa seca y hueca hizo muescas
y
agujeros sentado junto al río.
“Así,
así”, reía el gran dios Pan
(reía
allí sentado junto al río)
“así
es desde el inicio de los dioses
como
lograr podemos dulce música.”
Y
besando su boca un agujero
sopló
con energía junto al río.
¡Qué
dulce, dulce música, oh dios Pan!
¡Qué
dulce conmoción en torno al río!
¡Dulce
hasta cegar, oh gran dios Pan!
De
morir se olvidó sobre la loma
el
sol, mientras los lirios revivieron,
de
vuelta la libélula en el río.
Mas
casi una bestia es el gran dios Pan,
allí
sentado riendo junto al río,
a un
hombre convirtiéndolo en poeta;
qué
precio, qué dolor, los dioses lloran
por
el junco que ya no crecerá,
un
junco entre los juncos junto al río.
Versión
de Antonio Rivero Taravillo.
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