domingo, 16 de junio de 2013

RAFAEL DE LEÓN




Romance de aquel hijo



Hubiera podido ser
hermoso como un jacinto
con tus ojos y tu boca
y tu piel color de trigo,
pero con un corazón
grande y loco como el mío.

Hubiera podido ir,
las tardes de los domingos,
de mi mano y de la tuya,
con su traje de marino,
luciendo un ancla en el brazo
y en la gorra un nombre antiguo.

Hubiera salido a ti
en lo dulce y en lo vivo,
en lo abierto de la risa
y en lo claro del instinto,
y a mí... tal vez que saliese
en lo triste y en lo lírico,
y en esta torpe manera
de verlo todo distinto.

¡Ay, qué cuarto con juguetes,
amor, hubiera tenido!...
Tres caballos, dos espadas,
un carro verde de pino,
un tren con cuatro estaciones,
un barco, un pájaro, un nido,
y cien soldados de plomo,
de plata y oro vestidos.

¡Ay, qué cuarto con juguetes,
amor, hubiera tenido!...

¿Te acuerdas de aquella tarde,
bajo el verde de los pinos,
que me dijiste: -- ¡Qué gloria
cuando tengamos un hijo!?
Y temblaba tu cintura
como un palomo cautivo,
y nueve lunas de sombra
brillaban en tu delirio.

Yo te escuchaba, lejano,
entre mis versos perdido,
pero sentí por la espalda
correr un escalofrío,
y repetí como un eco:
-¡Cuando tengamos un hijo!...

Tú, entre sueños, ya cantabas
nanas de sierra y tomillo,
e ibas lavando pañales
por las orillas de un río.
Yo, arquitecto de ilusiones
levantaba en equilibrio
una torre de esperanzas
con un balcón de suspiros.

¡Ay, qué gloria, amor, qué gloria
cuando tengamos un hijo!...

En tu cómoda de cedro
nuestro ajuar se quedó frío,
entre azucena y manzana,
entre romero y membrillo.
¡Qué pálidos los encajes!
¡Qué sin gracia los vestidos!
¡Qué sin olor los pañuelos
y qué sin sangre el cariño!

Tu velo blanco de novia,
-por tu olvido y por mi olvido-
fue un camino de Santiago,
doloroso y amarillo.
Tú te has casado con otro,
yo con otra hice lo mismo...

Juramentos y palabras
están secos y marchitos
en un antiguo almanaque
sin sábados ni domingos.
Ahora bajas al paseo,
rodeada de tus hijos,
dando el brazo a... la levita
que se pone tu marido.
Te llaman... ¡doña Manuela!;
usas guantes y abanico,
y tres papadas te cortan
en la garganta el suspiro.

Nos saludamos de lejos,
como dos desconocidos;
tu marido sube y baja
la chistera; yo me inclino,
y tú sonríes sin gana,
de un modo triste y ridículo.

Pero yo no me hago cargo
de que hemos envejecido,
porque te sigo queriendo
igual o más que al principio,
y te veo como entonces,
con tu cintura de lirio,
un jazmín entre los dientes,
y la color como el trigo
y aquella voz que decía:
-¡Cuando tengamos un hijo!...-

Y en esas tardes de lluvia,
cuando mueves los bolillos,
y yo paso por tu calle
con mi pena y con mi libro
dices, con miedo, entre sombras,
arropada en el visillo:
-¡Ay, si yo con ese hombre
hubiera tenido un hijo!..."



sábado, 15 de junio de 2013

DELMIRA AGUSTINI





Día nuestro



-La tienda de la noche se ha rasgado hacia Oriente.- 
Tu espíritu amanece maravillosamente; 
su luz penetra en mi alma como el sol a un vergel... 

-Pleno sol. Llueve fuego. -Tu amor tienta, es la gruta 
afelpada de musgo, el arroyo, la fruta, 
la deleitosa fruta madura a toda miel. 

-El Ángelus. -Tus manos son dos alas tranquilas, 
mi espíritu se dobla como un gajo de lilas, 
y mi cuerpo te envuelve... tan sutil como un velo. 

-El triunfo de la noche. -De tus manos, más bellas, 
fluyen todas las sombras y todas las estrellas, 
y mi cuerpo se vuelve profundo como un cielo!  





JULIÁN DEL CASAL




4. Las horas



¡Qué tristes son las horas! Cual rebaño
de ovejas que caminan por el cielo
entre el fragor horrísono del trueno,
y bajo un cielo de color de estaño.

Cruzan sombrías en tropel huraño,
de la insondable Eternidad al seno,
sin que me traigan ningún bien terreno,
ni siquiera el temor de un mal extraño.

Yo las siento pasar sin dejar huellas,
cual pasan por el cielo las estrellas,
y aunque siempre la última acobarda,

de no verla llegar ya desconfío,
y más me tarda cuanto más la ansío
y más la ansío cuanto más me tarda.


ANTONIA TORRES




Se oyen pasar estaciones aéreas


Me espera aún la otra casa frente al mar,
húmeda y oscura ahora,
ensancha sus paredes al tímido sol del invierno.
En tanto,
la casa construye su propio recuerdo
sus estaciones aéreas
¿de qué sirve imaginarla
extendiendo su gris alfombra de arena,
su teatral mar de papel azul?
Los barcos zarpan húmedos al alba
en esta casa de playa
como aquella noche en que aguardamos al paso del cometa
los ojos de niños tras el lente
en un abril benigno cuando el verano ya había sido sepultado
y mientras el hermano menor dormía
seguimos al envejecido astro bordeando el mar.

Aún me espera la casa
con un mar más cinematográfico ahora,
para hallar las horas perdidas de la infancia
en un mes cruel
y en una playa
arenas en que nada florece.

*S. Quasimodo



ROSA LENTINI




Leyendo a Alejandra Pizarnik



I
Sólo un nombre se murmuraba Alejandra a sí misma
en 1956, el año en que yo fui concebida. Cuarenta
años más tarde leo el nombre en minúscula "alejandra",
en boca de quien poseyó la muerte como la niña que
en vientos grises espera la otra orilla, y escribe:

"debajo estoy yo
alejandra"

A su lado otra, enamorada de la niebla, dice no creer
en el cuerpo que nunca existió.
Pienso ahora en la eternidad que sus palabras, en
ese estar por debajo, despliegan en mi lectura.

II
Antigua sombra en el centro,
donde en la oscuridad
el doble es el contrario,
ambos, desgarraduras en la música
de la última sobreviviente,
juego cercando la avenida,
deshojada, de una poeta
que asienta su niebla;
más tarde el lugar se precipita,
tras escribir mucho
las fragmentaciones
suceden a los silencios,
irse sin quedarse
o hablar por los desmemoriados,
el hueco o el exceso,
el poema imponderable, alguna vez
en equilibrio cósmico
o con más flores,
el cuaderno escolar en el agua,
donde una bandada de pájaros
con antifaz golpea el aire.

“Y yo soy el temblor de todo lo azul,
la caída”, decía.

III
"Caer hasta tocar el fondo desolado".
Del otro lado el lazo mortal
sin para qué ni para quién.
Hay que escribir en la promesa,
cavando en la sombra, luz adentro.
Y dice: "el invierno sube por mí",
y es más en el interior consigo.
El silencio poseyó tu puerta,
zanja y hueco. Pasa alguien
como lobo gris en la noche
con su camada desollada,
mientras la muerte talla sus huesos
como esculturas, como flautas.
El silencio es de plata, la música
de diamante y la muerte no es
un puñal de oro.

IV
De cara al cielo
se clausura
al terminar, al recomenzar,
lo que no es otro
ni es nada;
buscar fue un vértigo,
ángel petrificado
o desposesión de lluvia,
palabras adolescentes que,
maleza entre escombros,
no quieren volverse;
girar la ausencia
en los colores del bosque
ni voz lejanísima
ni cruzar sin alas.

“Hablo del lugar en el que se forman
los cuerpos poéticos” dijo.

V
La vida no desplegó su término
en una sola mañana, alguna vez
el centro del mundo tampoco es
su resignación, lugar de metamorfosis
en contra, saliva de los árboles.
Una cosa es ella misma si
no sabemos ocultarla. Restos,
como el duelo, muriendo de orfandad.
Ojos, muriendo de espejos.
La viajera visitando la mirada.

VI
La forma de alejarse de la rada
cuando empezaba a aprender
en la luz mortecina de su rostro
y a escuchar como si pudiera oírse
bajo el agua; criatura del fondo.

Una voz
y otra voz detrás,
los lentos pliegues de la doble memoria.

Con dormidas cortezas de árbol sobre el pecho
ahora es fácil saberla abrazada a la tierra,
mirar el jardín por donde decía no venir,
sus palabras de cueva de espaldas a las nubes.

Verla transformarse en Virgen de las Rocas.

De “Leyendo a Alejandra Pizarnik”



RAFAEL DE LEÓN





Encuentro



Me tropecé contigo en primavera,
una tarde de sol, delgada y fina,
y fuiste en mi espalda enredadera,
y en mi cintura, lazo y serpentina.

Me diste la blandura de tu cera,
y yo te di la sal de mi salina.
Y navegamos juntos, sin bandera,
por el mar de la rosa y de la espina.

Y después, a morir, a ser dos ríos
sin adelfas, oscuros y vacíos,
para la boca torpe de la gente....

Y por detrás, dos lunas, dos espadas,
dos cinturas, dos bocas enlazadas
y dos arcos de amor de un mismo puente.




ALFONSO FREIRE



Hombres.


A Jorge Sagaute... desaparecido en Argentina. 

Miles de hombres
cubrieron la herida del hombre.

Seguirá vigilante
con antorchas en las manos
esperando distribuirse por la vida.

El hombre
antes de viajar por la muerte
siempre sabe
que no muere
el hombre y la muerte
dos actores de la vida.