martes, 22 de septiembre de 2026

MANUEL NEILA

 

 

 

Mediodía de verano

 

Las luces del verano se apoderan
del aire, de los cuerpos. Mediodía,
reflejo de aguas verdes.
Un resplandor de brasas y cenizas.
¿Quién nos vela el mirar? ¿Qué extraña música
nos envuelve en sus ondas? Es el miedo,
miedo a perder la vida,
temor a irnos gastando en el empeño,
en este declinar irremediable,
sin pausa, audible apenas, del estío.
Ahora cierro los ojos,
y se ilumina el cuarto desde donde contemplo
la muerte de la luz. Y esos hombres que pasan:
¿quiénes son esos hombres acosados
por deidades impuestas? Y si es así:
¿cómo olvidar sus gestos, sus dolencias?
Pero el día no sabe del dolor.
Un puro discurrir, se entrega y basta.
Lavado por el agua,
por la luz, sin violencia,
hoy nos llega con destino de hombre.
Y existiendo se irá, desnudo, intacto;
como un cuerpo tendido
se nos brinda, y al darse
ya cumple, se consuma, desfallece
bajo el silencio púrpura del sueño.
Cuánto esplendor aún, cuanta insistencia
la del mundo en ser luz; el tiempo, humo;
la del hombre en abrirse, generoso,
a los demás, que pasan,
y al fuego, que perdura;
la del amor en darse como miel o veneno,
eterno y siempre verde como selva.
No hay salida. Pues que muchas han sido
las sendas transitadas.
Es preciso elegir: cómplice o reo.

 

De: “La llama y la ceniza: Antología poética”

 

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