miércoles, 22 de octubre de 2014

JORGE GUILLÉN

 

Anillo

 

Ya es secreto el calor, ya es un retiro
de gozosa penumbra compartida.
Ondea la penumbra. No hay suspiro
flotante. Lo mejor soñado es vida.

El vaivén  de un silencio luminoso
frunce entre las persianas una fibra
palpitante. querencia del reposo:
una ilusión en el polvillo vibra.

Desde la sombra inmóvil, la almohada
brinda a los dos, felices, el verano
de una blancura tan afortunada
que se convierte en sumo acorde humano.

Los dos felices, en las soledades
del propio clima, salvo del invierno,
buscan en claroscuros sin edades
la refulgencia de un estío eterno.

Hay tanta plenitud en esta hora,
tranquila entre las palmas de algún hado,
que el curso del instante se demora
lentísimo, cortés, enamorado.

¡Gozo de gozos: el alma en la piel,
ante los dos el jardín inmortal,
el paraíso que es ella con él,
óptimo el árbol sin sombra de mal!


Luz nada más. He ahí los amantes.
Una armonía de montes y ríos,
amaneciendo en lejanos levantes,
vuelve inocentes los dos albedríos.

¿Dónde estará la apariencia sabida?
¿Quién es quien surge? Salud, inmediato
siempre, palpable misterio: presida
forma tan clara a un candor de arrebato.

¿Es la hermosura quien tanto arrebata,
o en la terrible alegría se anega
todo el impulso estival? (¡Oh beata
furia del mar, esa ola no es ciega!)

Aun retozando se afanan las bocas,
inexorables a fuerza de ruego.
(Risas de Junio, por entre unas rocas,
turban el límpido azul con su juego.)

¿Yace en los brazos un ansia agresiva ?
Calladamente resiste el acorde.
(¡Cuánto silencio de mar allá arriba!
Nunca hay fragor que el cantil no me asorde.)

Y se encarnizan los dos violentos
en la ternura que los encadena.
(El regocijo de los elementos
torna y retorna a la última arena.)

Ya las rodillas, humildes aposta,
saben de un sol que al espíritu asalta.
(El horizonte en alturas de costa
llega a la sal de una brisa más alta.)

¡Felicidad! El alud de un favor
corre hasta el pie, que retuerce su celo.
(Cruje el azul. Sinuoso calor
va alabeando la curva del cielo.)

Gozo de ser: el amante se pasma.
¡Oh derrochado presente inaudito,
Oh realidad en raudal sin fantasma!
Todo es potencia de atónito grito.

Alrededor se consuma el verano.
Es un anillo la tarde amarilla.
Sin una nube desciende el cercano
cielo a este ardor. ¡Sobrehumana, la arcilla!

 

 

MIGUEL ARTECHE SALINAS




 

Pero ayer no fue tu tiempo. Tu tiempo comenzaba
Detrás de la oscuridad, en las doradas
Tumbas de algún otoño. Porque tu tiempo
No es el de ayer, ni siquiera será el que me arranques
El día de la mirada. Pasé yo junto a ti,
Y te miraba. Y era el tiempo sobre los sellos del amor.

Las calles en que no estás se han tornado vacías:
La alegría furiosa estalla en el pavimento:
Brotan las extrañas flores de los rostros
Recibiendo la luz gloriosa: y en la tarde
La juventud es inmortal bajo la cólera de la vieja primavera.
Y tiemblo al recordarte: escucho siempre tus palabras:
Temblaba cuando abandonaste tu mano sobre mi vientre,
Porque me sentía herida: y eran tus palabras
Las que me penetraban. Y era el óleo primero del amor.

Ay: el tiempo y las tinieblas del amor están perdidos,
Y no tengo raíz que me haga renacer,
Y no puedo despedirme entre estas cuatro paredes muertas.
Ay: el tiempo del amor derrotado, el minuto del viento que pregunta
Fluyen en mí, manan de mi cuerpo como los ríos claustrales de la ausencia,
Y estoy despierta en la noche mientras el cielo arde desde que amanece
Y la gloria de abril se escucha afuera.

Todo era hermoso entonces. Estabas
Siempre partiendo de ti mismo. Y yo partía
De ti para encontrarme. Si te inclinabas
El agua del amor me borraba los ojos. Si te inclinabas
Era como si tu vientre se uniera con el mío dentro del vientre de tu madre,
Y yo no hacía sino quemarme interminablemente,
Y mirando todo el mundo pasar ante mis ojos, tú entrabas
En mi muerte, mudo, y la penetrabas,
Cuando descendías sobre mi cuerpo, y cuando mi cuerpo era
Tu agricultura sedienta.

¿Es él el que regresa preguntando cuánto ha durado el tiempo y cuántos siglos espero?
Yace en otro país y otro tiempo late para él, otro tiempo distinto del mío:
Duerme mientras yo camino y converso con otras personas:
Y yo no puedo estar en ninguna de esas cosas,
Y no es él el que vuelve sino la lluvia que amenaza a la capital desde el norte
Y los millones de miradas estremecidas por el repentino otoño que ha llegado.
¿Quién llama, amor mío, desde las torres de los edificios altivos?
¿Eres tú el que pregunta en el silencio de la noche?
Los pasos se alejan por la calle y los muros envejecidos:
Y no eres tú el que regresa,
Porque sólo se tienden sobre mi rostro todas las insignias del amor derrotado
Y nada queda en mi corazón sino los ecos que repiten largamente
Las campanas de la oscuridad.

 

 

CHARLES BAUDELAIRE


  

De Spleen e Ideal:

 

3. Elevación



Por encima de estanques, por encima de valles,
De montañas y bosques, de mares y de nubes,
Más allá de los soles, más allá de los éteres,
Más allá del confín de estrelladas esferas,

Te desplazas, mi espíritu, con toda agilidad
Y como un nadador que se extasía en las olas,
Alegremente surcas la inmensidad profunda
Con voluptuosidad indecible y viril.

Escápate muy lejos de estos mórbidos miasmas,
Sube a purificarte al aire superior
Y apura, como un noble y divino licor,
La luz clara que inunda los límpidos espacios.

Detrás de los hastíos y los hondos pesares
Que abruman con su peso la neblinosa vida,
¡Feliz aquel que puede con brioso aleteo
Lanzarse hacia los campos luminosos y calmos!

Aquel cuyas ideas, cual si fueran alondras,
Levantan hacia el cielo matutino su vuelo
-¡Que planea sobre todo, y sabe sin esfuerzo,
La lengua de las flores y de las cosas mudas!
 

Las flores del mal
(Versiones de Antonio Martínez Sarrión)

 

martes, 21 de octubre de 2014

ENRIQUE GONZÁLEZ MARTÍNEZ

 

El sembrador de estrellas

 

Y pasarás, y al verte se dirán:  «¿Qué camino
va siguiendo el sonámbulo?....»  Desatento al murmullo
irás, al aire suelta la túnica de lino,
la túnica albeante de desdén y de orgullo.

Irán acompañándote apenas unas pocas
almas hechas de ensueño. . . .Mas al fin de la selva,
al ver ante sus ojos el murallón de rocas,
dirán amedrentadas:  «Esperemos que vuelva.»

Y treparás tú solo los agrietados senderos;
vendrá luego el fantástico desfile de paisajes,
y llegarás tú solo a descorrer celajes
allá donde las cumbres besan a los luceros.

Bajarás lentamente una noche de luna
enferma, de dolientes penumbras misteriosas,
sosteniendo tus manos y regando una a una,
con un gesto de dádiva, las lumínicas rosas.

Y mirarán absortos el claror de tus huellas,
y clamará la jerga de aquel montón humano:
«Es un ladrón de estrellas...»  Y tu pródiga mano
seguirá por la vida desparramando estrellas...

 

 

VICENTE ALEIXANDRE



Criaturas en la aurora

 
 
Vosotros conocisteis la generosa luz de la inocencia.
Entre las flores silvestres recogisteis cada mañana
el último, el pálido eco de la postrer estrella.
Bebisteis ese cristalino fulgor,
que con una mano purísima
dice adiós a los hombres detrás de la fantástica
                                                 presencia montañosa.
Bajo el azul naciente,
entre las luces nuevas, entre los puros céfiros primeros,
que vencían a fuerza de -candor a la noche,
amanecisteis cada día, porque cada día la túnica casi
                                                                        húmeda
se desgarraba virginalmente para amaros,
desnuda, pura, inviolada.
Aparecisteis entre la suavidad de las laderas,
donde la hierba apacible ha recibido eternamente el
                                          beso instantáneo de la luna.
Ojo dulce, mirada repentina para un mundo estremecido
que se siente inefable más allá de su misma apariencia.
La música de los ríos, la quietud de las alas,
esas plumas que todavía con el recuerdo del día se
                     plegaron para el amor como para el sueño,
entonaban su quietísimo éxtasis
bajo el mágico soplo de la luz,
luna ferviente que aparecida en el cielo
parece ignorar su efímero destino transparente.
La melancólica inclinación de los montes
no significaba el arrepentimiento terreno
ante la inevitable mutación de las horas:
era más bien la tersura, la mórbida superficie del mundo
que ofrecía su curva como un seno hechizado.
Allí vivisteis. Allí cada día presenciasteis la tierra,
la luz, el calor, el sondear lentísimo
de los rayos celestes que adivinaban las formas,
que palpaban tiernamente las laderas, los valles,
los ríos con su ya casi brillante espada solar,
acero vívido que guarda aún, sin lágrimas, la amarillez
                                                                        tan íntima,
la plateada faz de la luna retenida en sus ondas.
Allí nacían cada mañana los pájaros,
sorprendentes, novísimos, vividores, celestes.
Las lenguas de la inocencia
no decían palabras:
entre las ramas de los altos álamos blancos
sonaban casi también vegetales, como el soplo en las
                                                                         frondas.

¡Pájaros de la dicha inicial, que se abrían
estrenando sus alas, sin perder la gota virginal del rocío!
Las flores salpicadas, las apenas brillantes florecillas del
                                                                            soto,
eran blandas, sin grito, a vuestras plantas desnudas.
Yo os vi, os presentí, cuando el perfume invisible
besaba vuestros pies, insensibles al beso.
¡No crueles: dichosos! En las cabezas desnudas
brillaban acaso las hojas iluminadas del alba.
Vuestra frente se hería, ella misma, contra los rayos
                                             dorados, recientes, de la vida,
del sol, del amor, del silencio bellísimo.
No había lluvia, pero unos dulces brazos
parecían presidir a los aires,
y vuestros cabellos sentían su hechicera presencia,
mientras decíais palabras a las que el sol naciente daba
                                                                magia de plumas.
No, no es ahora, cuando la noche va cayendo,
también con la misma dulzura pero con un levísimo
                                                                  vapor de ceniza,
cuando yo correré tras vuestras sombras amadas.
Lejos están las inmarchitas horas matinales,
imagen feliz de la aurora impaciente,
tierno nacimiento de la dicha en los labios,
en los seres vivísimos que yo amé en vuestras márgenes.
El placer no tomaba el temeroso nombre de placer,
ni el turbio espesor de los bosques hendidos,
sino la embriagadora nitidez de las cañadas abiertas
donde la luz se desliza con sencillez de pájaro.
Por eso os amo, inocentes, amorosos seres mortales
de un mundo virginal que diariamente se repetía
cuando la vida sonaba en las gargantas felices
de las aves, los ríos, los aires y los hombres.
 

 

JULIO FLÓREZ ROA



Candor
 


Azul azul azul estaba el cielo.
El hálito quemaste del estío
Comenzaba a dorar el terciopelo
Del prado, en donde se remansa el río.
A lo lejos, el humo de un bohío,
Tal de una novia el intocado velo,
Se alza hasta perderse en el vacío
Con un ondulante y silencioso vuelo.
De pronto me dijiste: "el amor mío
Es puro y blando, así como ese río
Que rueda allá sobre el lejano suelo".
Y me miraste al terminar, tranquila,
Con el alma asomada a tu pupila.
Y estaba azul tu alma como el cielo.

 

 

MARCELO DANIEL FERRER


 
Amanecer de una pena
 


Hoy amaneció una pena
Meciéndose entre el olvido y la nostalgia...
Se asomaba con vértigo a las grietas de mi corazón
Y se levantó conmigo de la cama.
Su presencia agudizó la bruma de la mañana.

Como un mítico agujero negro,
Absorbió todo: olores, sabores
Y hasta el canto de los pájaros que,
En trino bajo murmuraban,
De esa pena fugada
De la ciudadela de las ilusiones vanas.

Cuando amanece una pena
De inmediato se instala en la mirada
Como velo de mujer en luto luego de una desgracia.
Y ahí se queda sin decirte nada,
En vigilia por las noches... silenciando las mañanas.
Luego, repentinos soles le van pintando la cara
Hasta que al fin se marcha.

Algunas penas son fatales, te desgarran el alma
Y la cura es muy, muy larga y amarga.
Otras penas son fugaces como el recorrido
De una pequeñísima lágrima.

Las peores son las que dejan marcas
Como secuelas que siempre te acompañan,
Que patológicamente, ahora se marchan
Y otrora regresan para entristecerte el alma.

La que amaneció hoy se paraba en la puerta de mi casa,
Con sus ojos rasgados y suavidad de palabras,
Jugó a la ilusión y ella misma la creyó,
Jugó al amor y en pena lo convirtió.