jueves, 3 de septiembre de 2015

MANUEL MARÍA FLORES







Mirad la aurora,
Madre del día,
¡Cómo derrama
Luz, alegría!

Allá en el cielo
Todo es fulgores;
¡Todo en la tierra
Cantos y flores!

Sobre las hojas
Tiemblan las perlas,
Vienen las brisas
A recogerlas.

Saltando el ave
Trina en la rama,
Brilla el aljófar
Sobre la grama.

¿Do va el incienso,
De los aromas?
¿Qué dice el ritmo
De las palomas?...

Y todo, luce,
Canta, se agita,
Vida sagrada
Doquier palpita.

Alza la tierra
Su amante coro,
Y el sol la paga
Con besos de oro.

Luego, la noche
Su negra tienda
Abre del mundo
Sobre la senda.

Y entre la sombra
Muda y tranquila
Asoma el astro
Su alba pupila.

¿Sois, por ventura,
Blancas estrellas,
Del cielo al mundo
Lágrimas bellas?

¿Joyas que bordan
El regio velo?
Con que a la tierra
Cobija el cielo?

¿Chispas que lanza
La eterna sombra?
¿Polvo que deja
Dios en su alfombra?...

Astros y flores
Quizá no viera
Si amor al alma
Su luz no diera.

Las vagas notas
Que el arpa lanza,
¿No son el himno
De la esperanza?

El alma encierra
Luz, armonía,
Es una aurora
La fantasía.

Doquier que vague
Mi pensamiento,
La miel recoge
De un sentimiento.

Cual mariposa
Va la ilusión
Sobre las flores
De la creación.

En los ruidos
Que se levantan
Hay dulces ecos,
Voces que cantan.

Rumor de besos
Y de suspiros
Flota en las alas
De los céfiros.

Como en la selva
Trinan las aves,
Hay en el alma
Voces suaves.

Ecos solemnes
Desconocidos,
Por voz humana
No traducidos,

Ecos que el alma
Tímida esconde,
Ecos que vienen
De no sé dónde.

Quizá del verbo
Del alma inmensa
Que dice al hombre
Que vela y piensa:

"-De toda vida
Yo soy la llama:
Contempla, adora,
Espera y ama."

Yo creo. Por eso
Mi alma levanto.
Amo, y espero...
Por eso canto.



JAIME TORRES BODET




Esperando la mano de nieve...
Bécquer




¿En dónde? ¿En qué lugar
Secreto del invierno
Está oculto el botón
Mecánico, la rosa,
El vals o la mujer
Que un dedo sin esfuerzo
Debería tocar
Para ponerte en marcha,
Automático abril
De un año descompuesto?

Lo siento. Estás ya aquí,
Junto a mi pensamiento,
Como —sobre el cristal
De una ventana oscura—
La exigencia sin voz
De un aletazo terco.
Pero, si salgo a abrir,
Lo único que encuentro
Es la noche, otra vez:
La noche y el silencio.

¿Palabras? ¿Para qué?
En ellas, por momentos,
creo tocarte al fin,
Abril... Pero las digo
—Raíz, pájaro, luz—
Y me contesta el viento:
Invierno; invierno el sol,
Y soledad los ecos.

Libros de viaje busco.
Mapas de amor despliego.
A rostros de mujeres
Que hace tiempo murieron,
En retratos y en cartas
Pregunto cómo eras;
Qué nubes o qué alondras
Fueron, en otros puertos,
De tu regreso eterno
Crédulos mensajeros.

Pero nadie te ha visto
Llegar, abril. A nadie
Puedo pedir consejo
Para esperarte. Nadie
Conoce tus andenes,
Sino —acaso— este ciego
Que pugna por hallar
A tientas, en mis versos,
El secreto botón
Que pone en marcha al mundo
Cuando vacila el sol
Y dudan los inviernos...


miércoles, 2 de septiembre de 2015

GILBERTO OWEN




11. Soledad



Soledad imposible conmigo tan aquí
y mi memoria tan despierta.

Y además la plegaria
por la estrella perdida, tan sin luz,
por Blanca de Nieves, dormida
nube con luna en su ataúd de cielo,
y por el campo, ese hospiciano prófugo
que equivocó la senda y se tiró,
ya cansado, a la orilla del camino,
desesperando de llegar al pueblo.

Y hay también las canciones perdidas
que no se sabe nunca quien cantó;
y esta correspondencia sin palabras
de ojos a estrella, de alma a luz de luna.


De: Desvelo


JOSÉ EMILIO PACHECO





Disertación sobre la consonancia




Aunque a veces parezca por la sonoridad del castellano
que todavía los versos andan de acuerdo con la métrica;
aunque parta de ella y la atesore y la saquee,
lo mejor que se ha escrito en el medio siglo último
poco tiene en común con La Poesía, llamada así
por académicos y preceptistas de otro tiempo.
Entonces debe plantearse a la asamblea una redefinición
que amplíe los límites (si aún existen límites),
algún vocablo menos frecuentado por el invencible desafío de los clásicos.
Un nombre, cualquier término (se aceptan sugerencias)
que evite las sorpresas y cóleras de quienes
–tan razonablemente– leen un poema y dicen:
“Esto ya no es poesía.”



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA




Madre naturaleza



Madre, madre, cansado y soñoliento
quiero pronto volver a tu regazo;
besar tu seno, respirar tu aliento
y sentir la indolencia de tu abrazo.

Tú no cambias, ni mudas, ni envejeces;
en ti se encuentra la virtud perdida,
y tentadora y joven apareces
en las grandes tristezas de la vida.

Con ansia inmensa que mi ser consume
quiero apoyar las sienes en tu pecho,
tal como el niño que la nieve entume
busca el calor de su mullido lecho.

!Aire! ¡más luz, una planicie verde
y un horizonte azul que la limite,
sombra para llorar cuando recuerde,
cielo para creer cuando medite!

Abre, por fin, hospedadora muda,
tus vastas y tranquilas soledades,
y deja que mi espíritu sacuda
el tedio abrumador de las ciudades.

No más continuo batallar: ya brota
sangre humeante de mi abierta herida,
y quedo inerme, con la espada rota,
en la terrible lucha por la vida.

¡Acude madre, y antes que perezca
y bajo el peso, del dolor sucumba;
o abre tus senos, y que el musgo crezca
sobre la humilde tierra de mi tumba!


SALVADOR DÍAZ MIRÓN




La estrella mensajera



Al fin te asomas entre las nubes,
al fin te asomas y a verte voy...
Estrella mía que a oriente subes
¿qué tal te ha ido de ayer a hoy?

Toda la tarde lloviendo estuvo,
toda la tarde, para mi mal,
por las regiones del aire anduvo
rodando nieblas el vendaval.

¡Ah, no es posible que yo te diga
cuánto he sufrido, cuánto temí
que no pudieras, mi dulce amiga,
con este tiempo brillar aquí!

Tú eres el solo consuelo mío,
tú me recuerdas mi grato ayer,
tú eres mi sueño, mi desvarío...
Cuando me faltas no sé qué hacer.

A tu destello se alzan dos frentes
y se coronan de resplandor,
tú eres la cita de los ausentes...
¡Yo te bendigo, cita de amor!

Cuando no vienes, estrella, gimo;
tú eres mi solo, mi solo bien,
tú eres el beso que yo le imprimo
todas las noches sobre la sien.

Tu luz, calmando mi amargo duelo,
dentro de mi alma se hace canción;
tu luz, efluvio de flor de cielo,
trasciende a esencia de corazón.

* * *

Dime, Lucero, tú que la viste,
si la encontraste pensando en mí,
si estaba alegre o estaba triste...
Habla, Lucero... contesta, di.

Habla, Lucero; tu voz escucho.
¿Acaso estaba durmiendo ya?
¿Acaso estaba soñando mucho?
¿Leyendo un libro de amor quizá?

¿Quizá en un claro del bosque umbrío
cogiendo rosas para el placer
o en la ventana mirando el río,
mirando el río correr, correr?

¿Siguiendo la ola que en las riberas,
que en las riberas parece hablar,
y en las neblinas de las quimeras
dejando su alma volar, volar?

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Cuando distantes los dos estemos
y eche la sombra su gran capuz,
allá en el éter nos juntaremos
al par mirando la misma luz.
Eso juramos cuando partiste,
cuando el destino nos separó.
Y hoy he sabido que no cumpliste...
La misma estrella me lo contó.


JOSÉ JUAN TABLADA




El Sauz



Tierno saúz
casi oro, casi ámbar,
casi luz...