sábado, 5 de septiembre de 2015

GABRIEL ZAID







Yo soltaba los galgos del viento para hablarte.
A machetazo limpio, abrí paso al poema.
Te busqué en los castillos a donde sube el alma,
Por todas las estancias de tu reino interior,
Afuera de los sueños, en los bosques, dormida,
O tal vez capturada por las ninfas del río,
Tras los espejos de agua, celosos cancerberos,
Para hacerme dudar si te amaba o me amaba.

Quise entrar a galope a las luces del mundo,
Subir por sus laderas a dominar lo alto;
Desenfrenar mis sueños, como el mar que se alza
Y relincha en los riscos, a tus pies, y se estrella.

Así cada mañana por tu luz entreabierta
Se despereza el alba, mueve un rumor el sol,
Esperando que abras y que alces los párpados
Y amanezca y, mirándote, suba el día tan alto.

Si negases los ojos el sol se apagaría.
El acecho del monte y del amanecer
En tinieblas heladas y tercas quedaría,
Aunque el sol y sus ángeles y las otras estrellas
Se pasaran la noche tocando inútilmente.



ALBERTO RUY SÁNCHEZ LACY




El centro de mi universo en la boca



Una sospecha de penumbra basta
para entrar a un hospital.
Para salir, se necesita
un gran rayo de sol.

Y, con suerte, y algo más,
algunas veces,
las cosas se acomodan
aquí y allá, arriba, abajo,
en el cielo y en tu cuerpo.

Y entonces el sol es un botón,
que se abre en tu camisa,
la luna una sonrisa
en tu pecho.

Para el que
pueda o sepa
gozar ese acomodo,
salud es luz.

Dicen que el persa sediento,
el de los treinta pájaros viajeros
que eran uno
y era imagen del deseo,
le dijo alguna vez a su amada:

La cúpula del universo está en tu pecho,
y en la vasija cóncava donde bebo.
Y en la frescura y la dureza
de esta aceituna en el fondo
está el sabor de tus pezones
coronando el centro del universo
que, de pronto,
está en mi boca.


CARLOS PELLICER CÁMARA





                             A la Sra. Lupe Medina de Ortega.



I

Los grupos de palomas,
Notas, claves, silencios, alteraciones,
Modifican el ritmo de la loma.
La que se sabe tornasol afina
Las ruedas luminosas de su cuello
Con mirar hacia atrás a su vecina.
Le da al Sol la mirada
Y escurre en una sola pincelada
Plan de vuelos a nubes campesinas.

II

La gris es una joven extranjera
Cuyas ropas de viaje
Dan aire de sorpresas al paisaje
Sin compradoras y sin primaveras.

III

Hay una casi negra
Que bebe astillas de agua en una piedra.
Después se pule el pico,
Mira sus uñas, ve las de las otras,
Abre un ala y la cierra, tira un brinco
Y se para debajo de las rosas.
El fotógrafo dice:
Para el jueves, señora.
Un palomo amontona sus erres cabeceadas,
Y ella busca alfileres
En el suelo que brilla por nada.
Los grupos de palomas
-Notas, claves, silencios, alteraciones-
Modifican lugares de la loma.

IV

La inevitablemente blanca
Sabe su perfección. Bebe en la fuente
Y se bebe a sí misma y se adelgaza
Cual un poco de brisa en una lente
Que recoge el paisaje.
Es una simpleza
Cerca del agua. Inclina la cabeza
Con tal dulzura,
Que la escritura desfallece
En una serie de sílabas maduras.

V

Corre un automóvil y las palomas vuelan.
En la aritmética del vuelo,
Los "ochos" árabes desdóblanse
Y la suma es impar. Se mueve el cielo
Y la casa se vuelve redonda.
Un viraje profundo.
Regresan las palomas.
Notas. claves. Silencios. Alteraciones.
El lápiz se descubre; se inclinan las lomas
Y por 20 centavos se cantan las canciones.



ROSARIO CASTELLANOS








Miro las herramientas,
El mundo que los hombres hacen, donde se afanan,
Sudan, paren, cohabitan.

El cuerpo de los hombres prensado por los días,
Su noche de ronquido y de zarpazo
Y las encrucijadas en que se reconocen.

Hay ceguera y el hambre los alumbra
Y la necesidad, más dura que metales.

Sin orgullo (¿qué es el orgullo? ¿Una vértebra
Que todavía la especie no produce?)
Los hombres roban, mienten,
Como animal de presa olfatean, devoran
Y disputan a otro la carroña.

Y cuando bailan, cuando se deslizan
O cuando burlan una ley o cuando
Se envilecen, sonríen,
Entornan levemente los párpados, contemplan
El vacío que se abre en sus entrañas
Y se entregan a un éxtasis vegetal, inhumano.

Yo soy de alguna orilla, de otra parte,
Soy de los que no saben ni arrebatar ni dar,
Gente a quien compartir es imposible.

No te acerques a mi, hombre que haces el mundo,
Déjame, no es preciso que me mates.
Yo soy de los que mueren solos, de los que mueren
De algo peor que vergüenza.
Yo muero de mirarte y no entender.


viernes, 4 de septiembre de 2015

JORGE CUESTA PORTE-PETIT




Fue la dicha de nadie esta que huye



Fue la dicha de nadie esta que huye,
Este fuego, este hielo, este suspiro,
Pero, ¿qué más de su evasión retiro
Que otro aroma que no se restituye?

Una pérdida a otra substituye
Si sucede al que fui nuevo respiro,
Y si encuentro al que fui cuando me miro
Una dicha presente se destruye.

Cada instante son dos cuando acapara
Lo que se adhiere y lo que se separa
Al azar de su frágil sentimiento,

Que es vana al fin la voluntad que dura
Y no transmite a su presión futura
La corrupción de su temperamento.



SALVADOR NOVO




Mi vida es como un lago taciturno



Mi vida es como un lago taciturno.
Si una nube lejana me saluda,
Si hay un ave que canta, si una muda
Y recóndita brisa
Inmola el desaliento de las rosas,
Si hay un rubor de sangre en la imprecisa
Hora crepuscular,
Yo me conturbo y tiendo mi sonrisa.
¡Mi vida es como un lago taciturno!
Yo he sabido formar, gota por gota,
Mi fondo azul de ver el universo.
Cada nuevo rumor me dio su nota,
Cada matiz diverso
Me dio su ritmo y me enseñó su verso.
Mi vida es como un lago taciturno.


MANUEL JOSÉ OTHON




Noctifer




Todo es cantos, suspiros y rumores.
Agítanse los vientos tropicales
zumbando entre los verdes carrizales,
gárrulos y traviesos en las flores.

Bala el ganado, silban los pastores,
las vacas van mugiendo a los corrales,
canta la codorniz en los maizales
y grita el guacamayo en los alcores.

El día va a morir; la tarde avanza.
Súbito llama a la oración la esquila
de la ruinosa ermita, en lontananza.

Y Venus, melancólica y tranquila,
desde el perfil del horizonte lanza
la luz primera de su azul pupila.