Canción
escandalosa
Una
pálida monja, carga los pecados del mundo
sobre
sus exhaustos hombros, junto a los míos,
sobre
hombros cerosos, por beso divino ungidos
—
cruza las calles de la ciudad como ángel fugitivo…
Una
pálida monja, fría como una lápida
con
ojos grises como cenizas de ardiente pasión,
con
finos labios rojos sofocando dos leves suspiros
— su
paso gélido me ha dejado una honda impresión.
De
orar (¡no de blasfemar!) sale y a orar de nuevo vuelve…
Sus
rezos duermen entre sus ojos, entre sus labios, entre sus dedos
Sin
sus rezos el mundo, ¿cuál sería su suerte?
Mas
el alba aún no llega, pese a sus rezos.
Oh
pálida monja, amante de los santos,
que
ardes con ellos en éxtasis como vela en el altar
y
ante ellos te abres… Cómo envidio a los santos:
mas
no reces por mí, pues quiero en el infierno terminar.
Tú y
yo, monja, cabos somos de la misma soga;
de
la que tiran hacia ambos lados dos escuadras —
feroz
es esa lucha, quién derrota se ignora,
mas,
si la cuerda se tensa, la gente colisiona.
De:
“Versos libres”.
Versión
de María Roces González.
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