viernes, 25 de septiembre de 2026

MIGJENI

 


 

Canción escandalosa

 

Una pálida monja, carga los pecados del mundo

sobre sus exhaustos hombros, junto a los míos,

sobre hombros cerosos, por beso divino ungidos

— cruza las calles de la ciudad como ángel fugitivo…

 

Una pálida monja, fría como una lápida

con ojos grises como cenizas de ardiente pasión,

con finos labios rojos sofocando dos leves suspiros

— su paso gélido me ha dejado una honda impresión.

 

De orar (¡no de blasfemar!) sale y a orar de nuevo vuelve…

Sus rezos duermen entre sus ojos, entre sus labios, entre sus dedos

Sin sus rezos el mundo, ¿cuál sería su suerte?

Mas el alba aún no llega, pese a sus rezos.

 

Oh pálida monja, amante de los santos,

que ardes con ellos en éxtasis como vela en el altar

y ante ellos te abres… Cómo envidio a los santos:

mas no reces por mí, pues quiero en el infierno terminar.

 

Tú y yo, monja, cabos somos de la misma soga;

de la que tiran hacia ambos lados dos escuadras —

feroz es esa lucha, quién derrota se ignora,

mas, si la cuerda  se tensa, la gente colisiona.

  

De: “Versos libres”.

Versión de María Roces González.

 

 

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