A
Teresa
mi
abuela
no la dejaban salir a jugar
al final de los sembradíos
porque allá
se
escondían las estacadas:
Mujeres clavadas a la tierra
con una lanza de hierro
en medio de las piernas.
El rebozo en la cabeza
y las manos tan juntas
que parecían rezar.
Eso
le contó mi abuela a mi madre
mi madre a mí
y
yo a ustedes.
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