Árbol de los deseos
No
estoy en campo abierto
ni en el país de las hadas,
sino
en el aprisco
de una colina verde,
el
declive que hay entre una
parroquia y otra.
Contemplarme
a través de la garúa
es
saborear el hierro
en vuestra propia sangre
porque
atesoro
la divisa común
del
anhelo: cada deseo
cada cita secreta.
Mis
extremidades erguidas,
con una costra de monedas verdosas
llevo
a mi lento bosque
flor de lis, la entronizada Britania.
Detrás
de mí, la tierra
se estira hacia el Atlántico.
Y
aunque estoy envenenado
asfixiado en el pequeño cambio
de
la esperanza humana,
que diariamente me golpea
mirad:
aún sigo vivo;
en realidad, soy brote.
Versión
de Antonio Rivero Taravillo.
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