viernes, 18 de julio de 2014

JOSÉ LUIS VEGA


 

Bajo los efectos de la poesía

 
 

Bajo los efectos de la poesía
es posible viajar a la velocidad del pensamiento,
mirar el mundo entero flamear,
tocar con la punta de la lengua las estrellas,
soñar con la justicia universal.

Bajo los efectos de la poesía,
usted no es responsable de sus actos:
hablará en lengua extraña,
hará cópulas públicas,
cabalgará centauros.

Bajos los efectos de la poesía,
se ven blancas galaxias expandiéndose
en el ojo de la cerradura
y violines viejísimos
mudando el polvo de sus plumas.

No importa cuál sea su pasión,
fe, raza, sexo edad
o ensoñación política,
no debe avergonzarse de volar
bajo los efectos de la poesía.

 

De: Bajo los efectos de la poesía.

 

 

NIMIA VICENS


 


Presagio
 

 

En mi verso se afina
un lullaby de llamas...
Las estrellas bajaron
para cantarlo:
Sueño de amor no es sueño
tan afinado.
Pasión de amor no viva
es tan fina llama.
En hilo tembloroso
mecido el frío.
Claves de soles buscan
los pentagramas.
Lloviznada de luces
la hamaca ahumada.
La soledad más sola
en las alboradas.
Mécete que te mece
mi pena larga...
Las estrellas se lloran
sobre mi falda.
La ausencia primorosa
que arde en mis llamas.

 

 

jueves, 17 de julio de 2014

LUIS PALÉS MATOS


 

Neurosis

 

Yo no sé si soy sonámbulo o neurótico;
Siento lagos en el alma, y no son míos...
El ambiente me sofoca, como a exótico
En un pueblo enteramente de judíos.

Vivo en mí y no comprendo; hormigueos
Van abriendo filtraciones de erotismo
En mi pecho, y un enjambre de deseos
Mancha cisne de mi estricto misticismo.

Poco a poco de mi juicio van comiendo
Y un volcán de efervescencia promoviendo
Al tocar de mis recuerdos el tropel;

Que se agitan como cuervos plutonianos,
Como duendes, como brujas, como enanos
Del imperio revoltoso de Luzbel.

 

 

 

JOSÉ GAUTIER BENÍTEZ


 

Los ojos de T.

 

Un astrónomo viendo las estrellas
preguntó la razón
de por qué le faltaban las más bellas
a una constelación.

En vano ¡el infeliz! se fatigaba
queriéndolas hallar,
y del cielo a la bóveda miraba
¡qué habría de encontrar!

Cansado de mirar al firmamento
a tus ojos miró.
"¡Por fin!", exclama, y se marchó contento
pues entonces las vio.

 

 

FRANCISCO MANRIQUE CABRERA



 

Canción

 


Otra vez con la canción adulta,
nube, pájaro o trino,
he llegado a mis lomas y palmas
todo río.
Balbuceo una lluvia de crepúsculos
porque soy horizontes.
Nada conozco
sino las huellas
que sobre mí olvidaron los caminos.
Mi planta sabe lomas:
esas muchachas jíbaras
cogidas de las faldas
jugando Ambos a dos...
Mis manos callosas de coquí,
no saben otra ruta
que la que el Seis Chorreao
les trazó sobre el güiro.
Por ella marcho con mi acento arcaico,
puertorriqueño, amargo, polijíbaro,
para aprenderle el canto
a una gotita de agua,
que nacida en la entraa de mis lomas
se pensaba en la tierra,
que soñaba de tierra,
tan de tierra, que se hizo ciudadana
del barranco y la arcilla.
Pobrecita gotita de agua
tan de tierra de noche y de día.
Ella me enseñará a cantar
porque ignora que al besarla de sol
le pretendo lucero,
y no sabe el chas chas ni el glu glu del arroyo.
Es la gota doncella de los silencios jíbaros.
Yo, yo cantaré.
¿Yo? Yo que eres tú, la montaña,
el río, la tierra, la palma,
y mis lomas: esas muchachas jíbaras
tan alegres y tristes
cogidas de las faldas
jugando Ambos a dos...

 

 

 

 

FRANCISCO MATOS PAOLI


 

Mi verso

  

Mi verso es un misterio indefinible
un enigma sagrado e inmortal,
el ensueño de un amor imposible
el suspiro de un tímido cantar.

Es cual el ave que cruza impasible
por el cielo azul y el zafir del mar;
tras quimeras y sueños asequibles
y fantasías de un opiado soñar.

Envuelto en una niebla de dulzura
desgrano los cantares de mi verso
para el consuelo y ocio de mi ser.

Y sigo el sendero de mi ventura
esparciendo por todo el universo
las notas de mi verso rosicler.

 

De: Signario de lágrimas

 

MIRNA ESTRELLA PÉREZ


 

Nunca pensé…

  

Nunca pensé que fuéramos bruma,
tan envueltos en la invisibilidad
que era imposible extendernos la mano.
Yo quería abrir cortinas,
poner en la radio canciones de amor,
saltar sobre la cama,
tener sexo duro a toda boca,
pero tú me pediste que me mordiera la lengua,
que me mantuviera bien lejos de tu pecho
para evitar así volverme trascendente.
Yo te necesitaba.
Tú me pasabas la mano por la cabeza
como premio de consolación.
Un día me di cuenta de que todo estaba oscuro,
tu voz siempre con interferencia,
con la prisa del que se esconde,
yo con la mía tan quebrada, tan inútil y llorosa.
Un día dejaste de sonar en mi cabeza.
Me volví loca tirando muebles,
quemando libros, desconectando aparatos eléctricos...
Ese mismo día, ante el alboroto,
entró a mi casa un batallón de gente, la jauría.
Miraron muchos a través de mí,
como si yo no existiera, y rieron junto aquel que dijo:
Yo no creo en fantasmas.