Epifanía
En el interior de mi cabeza sólo flotaba,
como si fuera polvo, un apacible silencio.
Haruki Murakami
Quise alumbrar
tu barca con mi estrella. Pero he caído en mí. Soy torpe. Peso mucho. Los
barcos de papel navegan en la fiesta de una noche infinita; y cuando se
deshacen, saltan ratas devoradoras de náufragos. He caído
a mi
isla de alquitrán. Peso mucho. Soy torpe. Los mundos son alegorías. Nacen y
crecen en redondo, parecen significativos, vuelan en el sueño de una noche
instantánea. Y cuando estallan, producen un acorde de notas supersónicas. He
caído
dentro
de mi cabeza. Nadie me creería si dijera que di con los huesos en el cráneo. La
cabeza es foso. Bodega. Chabola. No hay nada más desolador que una cabeza
hueca. Hay que divisar un pájaro dorado, acariciar su distante silueta.
Interiorizar su danza. Hay tanta melancolía suelta. La belleza de los pájaros
efímeros. Su vuelo fugazmente azaroso. He caído
a la
marmita. A su profundidad candente. Soy la niña que huye en traje de chaqueta
de Armani. Dando tumbos. Soy la mujer de bronce que sólo quiere tuitear un
verso perfecto. Hay tanta belleza en la brevedad. He caído
a la
pecera de tus ojos. Tus pececillos se volvieron loros ruidosos en mi parque
urbano. Tus ojos eran de otro planeta. Pura kryptonita. Se me pusieron a llorar
en verde. Entonces debilitaron mis colores cuánticos. He caído
en
la densa gravedad de un planeta viejo. Una mujer pasea a sus dos galgos
marrones. Casi corren. Flacos. Curvos. Con forma de interrogante. Los perros
miran antes de ladrar. He caído
a mi
estómago corrosivo, saturado de cáusticas imágenes. Los ojos fosforitos del
estómago miran cosas indigestas. He caído
en
el amor. Como gata en un pozo. Como luna en el mar. Te quise a ti y a tus
contrarios. Hay que seguir. Doy gracias por el vacío que deja en el aire la
caída. Que dejan los cuerpos en una sábana arrugada. Ninguna palabra vale si no
está llena de sudor, plumas y piedras. Y vuela. Y pesa como la lluvia. Y cae
desde mi boca
a tu
olvido. Entonces recuerdo mi vida eterna como quien oye hablar en chino. Sé que
todo anda suelto, hecho de materia incandescente. Tu barca de vapor roza una
orilla de Menfis y un minuto después, una estrella de Andrómeda. He caído
en
mi ventana. Miro pasar los tranvías. Oigo una voz que me dice: ¿te crees el
único ser viviente porque sientes la música de la velocidad, el escalofrío de
la brevedad? He caído
a la
charca tantas veces como pelos tengo en la cabeza. Me levanto. Y sigo. No
exactamente como Lázaro. Nadie me lo ordena. A nadie le importa. Me levanto a
oler, a rozar la línea que va desde el siempre al nunca más. No
busco. Qué voy a buscar si lo tengo ante mí. Ahí están: la estrella que nadie
mira y el barco al que nadie espera. He caído
con
un ángel. Con la diosa
De:
“Motel Milla Noventa”
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