jueves, 13 de agosto de 2026

ROALD HOFFMANN

 

  

 

El diablo enseña termodinámica

 

Mi segunda ley, tu segunda ley, dictamina que

el orden local, las estructuras espacio-temporales,

sean esculpidas en una inevitablemente perdida

contienda con el desorden del entorno

en este fabuloso pero cada vez más caótico universo.

Y nosotros, en esta intrincada maquinaria

de saludables cuerpos y sistemas de soporte vital,

en virtud de la palabra escrita y televisada ponderamos

la majestuosidad de las ordenanzas de zonificación

de esta Ley. Pero, ¡oh, qué inteligentes!, creemos

que nosotros no somos cosas, como lo es la maleza,

o el óxido, o los cantos rodados, y, por tanto, inventamos

un razonamiento que garantice el eterno subsidio

de nuestra perfección, o al menos de nuestra perfectibilidad,

y a eso lo llamamos Dios o alma inmortal.

Y mientras consentimos los desórdenes

que no se pueden ocultar, como la muerte,

o –adoptando una pose literaria– incluso el fin del amor,

hacemos que otras cosas sean pecaminosas, sin más: la ira,

la lujuria, el orgullo –todo el lote, en fin, de impurezas espirituales–.

Las enfermedades necesitan vectores, de modo que

la vieja llamada sale en mi busca. Pero el truco es que los puntales

de la primitiva iglesia de Dios, las siete virtudes,

son un grupo de apoyo tan tenso y comprimido

que cuando dan contigo estás realmente dispuesto

a soltar algo de magma. La fe sirve de sostén

pasajero a las mentes débiles, busca reclutas

para el culto, y una buena parte de ella va a enviar

al infierno esa otra gran invención vuestra,

el contrato social. Aburrida, la Prudencia

mata su tiempo con los más conservadores,

y el Amor, ¡el amor, dices! Ama a uno, descarta a los otros.

Ámalos a todos; ninguno te amará a ti.

Os lo digo yo, amigos, el amor es el más sofisticado

artefacto de entropía creciente que ha podido crear Dios.

El Amor es el adorable cómplice de mi ley.

Y en cuanto al mismísimo Dios, bueno, su unicidad es demasiado

para que el hombre corriente pueda amarle, de ahí

que deba inventarse Líbanos e Irlandas del Norte…

 

El debate no se debe a tu desenfreno

común y corriente, un calco del mío.

No, lo que quiero es que despertemos,

que participemos de la imperfección del universo en paz

con el desorden que ordena. Ya que la frialdad de la muerte

se instala lentamente, y aún hay tiempo,

tanto tiempo, para que la luz de las estrellas se disperse

más allá de los torbellinos del azar, dentro de nuestras mentes,

para construir allí amores cada vez más perfectos,

ciudades invisibles, nuestras propias constelaciones.

  

De: “Los hombres y las moléculas”.

Versión de Luisa Pastor

 

 

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