El
diablo enseña termodinámica
Mi
segunda ley, tu segunda ley, dictamina que
el
orden local, las estructuras espacio-temporales,
sean
esculpidas en una inevitablemente perdida
contienda
con el desorden del entorno
en
este fabuloso pero cada vez más caótico universo.
Y
nosotros, en esta intrincada maquinaria
de
saludables cuerpos y sistemas de soporte vital,
en
virtud de la palabra escrita y televisada ponderamos
la
majestuosidad de las ordenanzas de zonificación
de
esta Ley. Pero, ¡oh, qué inteligentes!, creemos
que
nosotros no somos cosas, como lo es la maleza,
o el
óxido, o los cantos rodados, y, por tanto, inventamos
un
razonamiento que garantice el eterno subsidio
de
nuestra perfección, o al menos de nuestra perfectibilidad,
y a
eso lo llamamos Dios o alma inmortal.
Y
mientras consentimos los desórdenes
que
no se pueden ocultar, como la muerte,
o
–adoptando una pose literaria– incluso el fin del amor,
hacemos
que otras cosas sean pecaminosas, sin más: la ira,
la
lujuria, el orgullo –todo el lote, en fin, de impurezas espirituales–.
Las
enfermedades necesitan vectores, de modo que
la
vieja llamada sale en mi busca. Pero el truco es que los puntales
de
la primitiva iglesia de Dios, las siete virtudes,
son
un grupo de apoyo tan tenso y comprimido
que
cuando dan contigo estás realmente dispuesto
a
soltar algo de magma. La fe sirve de sostén
pasajero
a las mentes débiles, busca reclutas
para
el culto, y una buena parte de ella va a enviar
al
infierno esa otra gran invención vuestra,
el
contrato social. Aburrida, la Prudencia
mata
su tiempo con los más conservadores,
y el
Amor, ¡el amor, dices! Ama a uno, descarta a los otros.
Ámalos
a todos; ninguno te amará a ti.
Os
lo digo yo, amigos, el amor es el más sofisticado
artefacto
de entropía creciente que ha podido crear Dios.
El
Amor es el adorable cómplice de mi ley.
Y en
cuanto al mismísimo Dios, bueno, su unicidad es demasiado
para
que el hombre corriente pueda amarle, de ahí
que
deba inventarse Líbanos e Irlandas del Norte…
El
debate no se debe a tu desenfreno
común
y corriente, un calco del mío.
No,
lo que quiero es que despertemos,
que
participemos de la imperfección del universo en paz
con
el desorden que ordena. Ya que la frialdad de la muerte
se
instala lentamente, y aún hay tiempo,
tanto
tiempo, para que la luz de las estrellas se disperse
más
allá de los torbellinos del azar, dentro de nuestras mentes,
para
construir allí amores cada vez más perfectos,
ciudades
invisibles, nuestras propias constelaciones.
De:
“Los hombres y las moléculas”.
Versión
de Luisa Pastor
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