Se cuentan las semanas y los días y las noches, las horas
que faltan para terminar la jornada y temer por el comienzo de la siguiente con
el hambre de días y noches y semanas. Y se cuentan las horas de sueño, para que
el sueño otorgue menos conciencia de la desesperación.
La
saciedad es individual,
incompartida.
Como un instinto primitivo, busco y anhelo su encuentro.
La satisfacción de la saciedad: mecanismo descompuesto.
Silenciosa
como huésped amable, habita en mí para sembrar el temor y la vergüenza.
Cuando
debería ser un placer encumbrado en el nivel más alto del goce,
sin endorfinas de por medio
—satisfacción pura—,
para mí es motivo de vergüenza.
Mi
saciedad me trastorna, me reta.
Desearía poderme saciar con dolor y lágrimas,
que el estómago estuviera lleno y sin demandar alimento.
Comer es transgredir.
Es un pecado condenado desde hace siglos,
—aunque haya sido por un dios que se transmuta en pan y vino.
Soy
un número: estadística.
Las operaciones matemáticas pertinentes me colocan en un cuadro alarmante
que me convence de ser un error en el mundo.
A solas me duelo por las veces en que me he sentido satisfecha.
(La
soledad se parece a la saciedad,
es igualmente individual,
incompartida).
Una voz dentro de mi cabeza es el juez.
He hecho mal.
No merezco la saciedad.
Los gordos no merecemos la saciedad.
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