Se cuentan las mentiras dichas cuando la gente ofrece tal
o cual alimento: el pastel en la fiesta, el inocente pan que acompaña el guiso
o el arroz. Se cuentan las veces en que se rechaza lo ofrecido: se cuentan,
fabrican e inventan las mentiras.
Durante
las festividades
los mapuches ponen la comida en primer lugar.
En año nuevo cocinan en abundancia
y los invitados guardan los sobrantes para llevarlos a sus casas.
La
comida es para ellos ritual sagrado,
une con la naturaleza,
genera hermandad.
(Si
un extranjero es capaz de comer lo que ellos preparan
se
coloca en el mismo nivel de igualdad
en
armonía.)
Qué dirían de mí los mapuches
si fuese invitada a su mesa
cuando rechazara su pan cocido en el rescoldo,
sus sopaipillas recién salidas del aceite.
Qué ofensa les haría si no aceptase sus empanadas,
sus platillos hechos a base de cereales,
su vino de trigo fermentado.
No comer lo que todos es un alejamiento a conciencia,
una forma grosera de diferenciarse.
La sutil pero sólida hermandad existe más allá de los mapuches.
Recuerdo esto cada que me arrojo a la segregación voluntaria
de no comer lo que otros acostumbran.
Compartir
la mesa es un convenio de afecto no racionalizado,
y rechazar lo que todos comen supone una ruptura discreta, pero inmediata.
El aislamiento se da en pequeñas acciones.
Llevar lechuga como base de todo el alimento.
Comer en horarios propios.
Cargar egoísmo en un recipiente que no se comparte
ni se identifica con los de los otros.
Rechazar lo ofrecido.
Lucho
por aquello que creo que quiero.
Lucho con vergüenza.
Lucho contra lo que realmente quiero.
Recuerdo la filosofía de vida de los mapuches.
La comida es un ritual de sociedad: si no se participa no se pertenece,
no encaja.
A cada negativa se cierne sobre mí la discreta alienación de las miradas.
Adoraría
comer los manjares.
No quiero ser ofensiva,
me da pena ser grosera,
pero me hace sentir peor ser gorda.
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