MADRE,
dices que trabajaste cuarenta y tres años en el turno nocturno para cuidarnos.
Pero, siempre estabas dormida y, bien lo sabes, lo aprovechamos.
Vivíamos
promiscuamente hacinados. Y tu ausencia fáctica permitió el incesto bajo las
mantas. Aunque, del cielo, con gran estruendo, cayó un cuerno quemado para
nosotros.
Entonces,
rezamos a la Virgen.
De: “El castillo de la impureza”
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